2. Valoración económica de recursos naturales

Uno de los problemas económicos básicos en la sociedad es el de la asignación de recursos. Es decir, que la sociedad tiene que decidir cómo distribuir los recursos escasos (capital, trabajo, recursos naturales, etcétera) en la producción de bienes y servicios para atender las necesidades de la población. Sin embargo, la existencia de un amplio abanico de formas de competencia imperfecta, tanto en los mercados de bienes y servicios como en el de los factores productivos y de la intervención del gobierno a través de impuestos, subsidios, control de precios, etc, dificultan el funcionamiento de la economía y de los mecanismos que utiliza para lograr los objetivos de producción, distribución y consumo.

Por otro lado, existe todo un conjunto de bienes y servicios que por carecer de un mercado1 en el que intercambiarse, carecen asimismo de precio, por lo que pueden ser agrupados bajo el término de externalidades2. Aquí surge la necesidad de establecer indicadores monetarios para este tipo de bienes y servicios que permiten la definición de un precio que permita el intercambio en los mercados respectivos. Particularmente, para los bienes y servicios que brindan los ecosistemas a la sociedad y que mejoran su nivel de bienestar.

Cuando alguien utiliza un cauce de agua para verter en él sus desechos, pongamos por caso, está generando una externalidad negativa para los demás, por la que, si no media una intervención estatal, no tiene que pagar. Debido a ello, el sistema de mercado no proporciona ninguna indicación con respecto al valor de los mismos, lo que lleva a que sean considerados gratuitos, a que su uso o consumo no tenga ningún coste, y a que se produzca la sobreexplotación correspondiente.

Cuando un empresario tiene que adquirir un terreno para instalar su planta, o contratar trabajadores, paga por ello: son insumos productivos que tienen un valor, y ello viene reflejado en el precio que hay que pagar para adquirirlos. La empresa que utiliza un curso de agua, o el aire, como recipiente de sus desechos no incurre, por el contrario, en ningún coste. La persona que quiere protegerse del frío, puede comprar un abrigo: al hacerlo emite una información sobre el valor que para ella tiene el ir abrigada, o cómoda o elegante. Si esta misma persona quisiera mejorar su nivel de bienestar elevando la calidad del aire que respira, o reduciendo el nivel de ruido que tiene que soportar, no encontraría un mercado explícito en el que pueda adquirir directamente estos bienes y servicios: no hay un mercado en el que pueda comprar la calidad del aire y, por lo tanto, no hay un precio explícito para es calidad. De ahí que producción y degradación del medio ambiente hayan ido muchas veces de la mano; y que no se observen em­presarios dedicados a ofrecer estos bienes ambientales que la gente desea.

El hecho es que nos encontramos con un mecanismo de asignación en el que el ambiente, y muchos recursos naturales, no tiene precio. Estamos ante un sistema que opera con una información incorrecta sobre el valor de los bienes y servicios que se ofrecen; es decir que funciona como si careciesen de valor (como si su precio fuese cero). Parece, por tanto, relevante y necesario el intento de encontrar precisamente ese valor, desde una perspectiva económica, para actuar en consecuencia, de modo que se integre esa información en un proceso de toma de decisiones, para que cuando se utiliza el ambiente y los recursos naturales, se conozca (y se pague) el coste que ello representa. De forma que cuando se adopta alguna medida que mejora la calidad ambiental de un determinado entorno, se sepa qué valor tiene el cambio para la población afectada y para los actores que la hacen posible.

Planteado así el problema, es posible concluir que el ambiente y los recursos naturales carecerán de precio, pero tienen valor. En efecto, es posible identificar en el capital natural al menos cuatro funciones que son valoradas positivamente en la sociedad:

1. Forma parte de la función de producción de gran cantidad de bienes eco­nómicos (procesos productivos que consumen agua de una determinada calidad, aire, etc.). El ambiente y los recursos naturales en general, son la base sobre la que se apoyan muchos procesos productivos, que serían impensables en su ausencia. Ahora bien, el ambiente no sólo participa en los procesos de producción, distribución y consumo de bienes y servicios económicos ofreciendo unos insumos muchas veces esenciales, también recibe como retorno muchas cosas que en estos procesos se generan.

2. El ambiente actúa, en efecto, como un receptor de residuos y desechos de todas clases, producto tanto de la actividad productiva como consuntiva de la sociedad. Hasta un cierto límite, y gracias a su capacidad de asimilación, puede absorber estos residuos (que de esta manera son liberados sin coste), y transformarlos en sustancias inofensivas o, incluso, beneficiosas: es el caso de algunos fertilizantes orgánicos, por ejemplo.

3. Proporciona, en tercer lugar, bienes naturales (paisajes, entornos naturales, etc. cuyos servicios son demandados por la sociedad. De esta manera, entra a formar parte de la función de utilidad de las economías domésticas.

4. Finalmente, constituye «un sistema integrado que proporciona los medios para sostener toda clase de vida». Esta función es tan esencial que muchos la consideran parte integrante de la propia definición de ambiente.

Aceptando que el ambiente tiene ciertamente valor desde una perspectiva incluso estrictamente económica, el siguiente paso es intentar descubrirlo. Si fuera posible crear un mercado en el que los bienes ambientales fueran objeto de compra-venta, el problema se simplificaría notablemente. No sería necesario siquiera iniciar el proceso de definir y buscar un valor: el mercado se encargaría de ponerle un precio. El problema se centraría ahora en analizar las condiciones que harían aceptable tal precio como un exponente del valor del ambiente, pero éste es ya un problema común a todos los bienes y servicios producidos en la sociedad.

2.1. Los derechos de propiedad y sus implicaciones en la valoración económica

Muchos recursos naturales y bienes ambientales carecen de precio, porque no se ha formado espontáneamente un mercado alrededor de ellos, en el que sean objeto de transacción. ¿Cuál es, sin embargo, la razón de que no haya sido así? Entre otras razones de la falta de un mercado, se identifica la ausencia de derechos de propiedad bien definidos y protegidos. Sólo aquello sobre lo que se tiene un derecho de exclusión puede ser objeto de compraventa. Ahora bien, si esto es así, bastaría con definir estos de­rechos de propiedad sobre el ambiente y los recursos naturales en favor de alguien, para que el problema estuviera solucionado: ya se encargaría este alguien de cobrar el pre­cio correspondiente. No es de esperar que la institucionalización de unos derechos privados de propiedad sobre el ambiente, y la consiguiente creación de un mercado en el que in­tercambiar sus servicios, resuelva el problema. Sin embargo, parece necesario valorar estos servicios, para poder actuar en conse­cuencia.

Valorar económicamente el ambiente significa poder contar con un indi­cador de su importancia en el bienestar de la sociedad, que permita su comparación con otros elementos que proporcionan bienestar. Por tanto, lo normal será utilizar para ello un denominador común, que ayude a esa comparación: el dinero.
Si el ambiente tiene valor porque cumple una serie de funciones que afectan positi­vamente al bienestar de las personas que componen la sociedad, ¿quién da valor al medio ambiente? Planteado de forma más precisa: se trata de delimitar el colectivo de personas que pueden exigir que las potenciales modifi­caciones de su bienestar que supone un cambio de calidad ambiental sean teni­das en cuenta a la hora de tomar decisiones.

Muchas de las decisiones que tomamos hoy con respecto al ambiente, van a tener unas consecuencias que afectarán a quienes todavía no han nacido. ¿Hasta qué punto han de ser tenidos en cuenta sus intereses? ¿Y cómo, si por definición no están aquí para ex­presarlos?3. La adopción de este principio, sin embargo, supone, con respecto a los grupos afectados pero sin poder de de­cisión, que sus intereses serán tenidos en cuenta, siempre y cuando su bienestar forme parte de la función de utilidad de los agentes que deciden, y en la medida en que la afecten: es decir, en la medida en que los que deciden sean altruistas y se preocupen por el bienestar de los demás.

Aceptar que sean los consumidores los que determinen en definitiva la es­tructura productiva y distributiva de la sociedad (incluido el nivel de calidad ambiental), supone aceptar como buenas, por lo menos, dos cosas.

a)En primer lugar, el principio de la soberanía del consumidor. Admitir, en otras palabras, que la persona es la mejor juez sobre su propio bienes­tar, la que mejor sabe lo que le conviene o deja de convenir. Esto, sin embargo, no siempre es aceptado sin más por la sociedad. En numero­sas ocasiones el Estado interviene precisamente porque cree lo contra­rio, sin que por ello sea tachado de no democrático, o no representativo. Es el caso de los llamados «delitos sin víctima», como la penalización del consumo de estupefacientes.

b)En segundo lugar, el sistema de democracia de mercado. Se afirma, en efecto, que el sistema de mercado es democrático: la gente expresa en él sus preferencias, dice lo que quiere adquiriendo unos productos en lugar de otros. Es más, revela también la fuerza de las mismas, de ma­nera que la información que se proyecta incluye no sólo el sentido del voto, sino la intensidad del mismo: cuánto más se está dispuesto a pagar por un producto determinado (una marca, por ejemplo), frente a la siguiente alternativa. El mercado refleja, las preferencias de la sociedad en función de cómo está repartido en ella el poder adquisitivo.

2.2. Consideraciones en la valoración económica del capital natural

La valoración económica del capital natural encierra algunas consideraciones importantes de analizar con detenimiento. La primera es el tipo de activo que representa el capital natural (Figura 2.1.). Este puede ser producido por el hombre lo que confiere la característica principal de ser un activo controlado, por ejemplo los cultivos agrícolas, las plantaciones forestales, la piscicultura entre otros. También puede ser un activo no producido por el hombre, como son los bosques naturales, el suelo, los ríos, entre otros. Los activos no producidos pueden pasar de ser no controlados a controlados por el hombre, como en el caso de las represas hidroeléctricas donde se controla el flujo hídrico para ser empleado en una actividad económica específica.










































Figura 2.1. Clasificación de activos

Fuente: Elaboración propia basada en Naciones Unidas, 1994.

Por otro lado, el capital natural puede ser un activo fijo o un activo en inventario. El activo fijo tiene la característica principal de que son utilizados como fuente de producción y reproducción como el bosque nativo que produce madera, alimentos, y otros materiales útiles a la sociedad. Los activos fijos no se gastan totalmente en el proceso de producción, por lo que en los costos de producción de bienes y servicios se considera la depreciación4 del activo. Esto implica la necesidad de determinar la depreciación de un activo natural en función de su aprovechamiento, considerando la degradación y el agotamiento que sufre en cada período de producción. Con relación a los activos en inventario representan las estimaciones de la disponibilidad de recursos que se pueden transar en el mercado o utilizar en el proceso productivo en un período dado. En síntesis, los activos totales de los que dispone una sociedad para su desarrollo es la suma de los activos fijos y los activos en inventario.

Entendido así el capital natural, es necesario hacer una identificación de los aportes que brinda a la sociedad en términos de los flujos que genera. Estos flujos han sido conceptualizados bajo el término de servicios ambientales, para asociar los beneficios que brindan los ecosistemas a la sociedad. De esta manera, el valor económico del capital natural depende de las existencias actuales y de los flujos que genera, de modo que al hacer la valoración económica se requiere diferenciar las existencias, de los flujos, debido a que el valor difiere sustancialmente entre uno y otro.

En cuanto a las existencias, hay que hacer la clasificación entre activo natural producido y activo natural no producido en función de la valoración económica. En el caso de los activos naturales producidos es posible utilizar precios de mercado relacionados con los costos de establecimiento, administración y mantenimiento. Esta estimación representaría el mínimo valor económico para ese activo y la referencia básica para establecer los precios de los distintos flujos que este activo ofrece a la sociedad. Además, los productos que se derivan de estos activos son susceptibles de transacciones mercantiles, por lo que normalmente hay un precio de mercado para ellos.

Si son activos naturales no producidos, la valoración económica no está directamente referida a costos de producción y no hay un mercado explícito para ese tipo de activos por lo que no son posibles las transacciones mercantiles correspondientes ni la asignación de un precio. Lo que se sugiere es el uso de valoraciones indirectas que permitan una aproximación al valor del activo, como puede ser el costo de oportunidad del activo cuando existe la posibilidad de utilizarse para otros fines. Al no disponerse de un costo de establecimiento para los activos naturales no producidos, se hace imposible inferir un precio para los distintos bienes y servicios que brindan a la sociedad. Además, aunque es reconocido el beneficio que estos bienes y servicios brindan a la sociedad, no hay un mercado que reconozca un precio para ellos. Por eso, se recurre a estimaciones de valor basado en métodos indirectos que permitan el establecimiento de los precios para estos bienes y servicios, lo que ayuda a disminuir el subsidio ambiental en el que se incurre con el desarrollo de las distintas actividades productivas.

Cuando un bosque natural y una plantación forestal, se valoran en términos de la producción anual de flujos, como servicios a la sociedad, deben también considerarse las características y valores de los ecosistemas de donde provienen dichos flujos. Así, para valorar flujos hídricos o fijación de gases, provenientes de plantaciones, el valor de mercado asociado con los costos de establecer y proteger la plantación, más el valor de la tierra, son aspectos que deben considerarse; en cambio, cuando esos servicios provienen de bosques nativos -no producidos por el ser humano-, dichos flujos deben responder a una valoración de tipo social, en la que se puedan utilizar medidas de valoración contingente, como por ejemplo, el método de disponibilidad de pago5, con el que se puede determinar la forma en que la sociedad percibe el valor de los servicios cuando éstos son producidos por bosques con las características mencionadas.

Numerosas discusiones se llevan a cabo para definir metodologías desde el punto de vista económico-ecológico del valor de los activos naturales y sus servicios ambientales, con el objetivo de promover procesos eficientes y productivos (Costanza et al., 1998; Daily, 1998; Castro y Barrantes, 1998). Si se considera que la valoración de la biodiversidad es inseparable de las decisiones que deben tomarse sobre sus usos, muchos indican que la valoración de la biodiversidad y sus servicios son imposibles, ya que existen muchos efectos intangibles, como la vida humana, la estética y otros beneficios. Sin embargo, en la práctica, como señalan Costanza et al. (1998), todos los días estamos valorando los servicios ambientales de la biodiversidad y éstos mantienen estrecha relación con el desarrollo de un país. Para valorar los beneficios económicos de la biodiversidad, resulta indispensable tener claro que se trata de flujos provenientes de activos naturales producidos y no producidos y, por lo tanto, deben ser considerados como tales a la hora de asignarles su valor (Naciones Unidas 1993; Hanna y Munasinghe 1995; Bowers 1997). Dicha valoración está determinada por la forma en que la sociedad percibe esos beneficios derivados de los activos naturales.

2.3. Reconocimiento de la importancia social de los ecosistemas naturales como premisa para su valoración económica

El cambio en la oferta de servicios ambientales podría conducir a escasez cuando el ecosistema haya reducido sus existencias y la población y el dinamismo económico del país hayan aumentado. Esto hace que la sociedad reaccione, dando un mayor valor a los flujos de servicios; esta situación se aplica claramente a asuntos relacionados con el flujo hídrico que disfruta la población. Por eso la respuesta de la sociedad ante cambios de existencias en los activos, es un aspecto muy importante a tomar en cuenta cuando se piensa en valoración, ya que un flujo de un determinado activo podría tener valor cuando la sociedad así lo perciba.

Desde el momento en que se toman decisiones para proteger o usar un servicio de la biodiversidad, se está en el proceso de valoración. Así, los cambios provocados en la calidad y la cantidad de los servicios de un ecosistema tienen valor, ya que se pueden asociar con cambios en los costos de las actividades humanas que pueden mejorar el nivel de bienestar. Esos cambios se pueden reflejar en costos y beneficios que podrían impactar el nivel de bienestar del ser humano, mediante la presencia o ausencia de mercados en las actividades asociadas (Bowers, 1997; Costanza et al., 1998).

Por ejemplo, un manglar provee hábitat para organismos; por lo tanto, un aspecto de su valor es el incremento y la concentración de existencias de peces. De esta manera, un cambio en la calidad del manglar podría estar asociado a cambios en la productividad del mismo para ofrecer los distintos productos que provee a la sociedad. Por otro lado, aspectos como la conservación de la biodiversidad y la recreación que provee el manglar, no se muestran en el mercado, aunque son parte del valor del ecosistema. Lo mismo podría pasar con los bosques cuando existen mercados bien establecidos para la madera, pero el valor del hábitat de especies y las actividades recreacionales no están asociadas a un mercado (Costanza et al. 1998).

El reconocimiento de la estrecha interrelación entre conservación de la biodiversidad, desarrollo económico y bienestar de la población es, quizá, el aspecto más importante para fortalecer la valoración activos naturales y sus servicios ambientales, desde el punto de vista económico-ecológico (Figura 2.2.). Eso indica que la sociedad debe estar clara de que para poder desarrollarse, necesita mantener un flujo mínimo de servicios, a partir de los cuales pueda darse el desarrollo económico. A la vez, con el aprovechamiento de los activos naturales y los servicios ambientales es posible definir mecanismos de compensación entre actores sociales, dado que esos flujos pueden transformarse en fuente permanente de ingreso que dé sostenibilidad financiera a la conservación de la biodiversidad.





















Figura 2.2. La sociedad y el reconocimiento de que la biodiversidad es fuente de desarrollo para el bienestar y para su propia conservación.

Fuente: Castro y Barrantes, 1999.

Muchos países han definido acciones para la protección de la biodiversidad sin necesidad de haber determinado un valor económico previamente. Aunque la valoración de la biodiversidad y sus servicios es difícil e incierta, las decisiones que hace una sociedad para protegerla son indicadoras de valor, aunque no necesariamente monetarios. Sin embargo, dicho reconocimiento proporciona las bases para que la biodiversidad y sus servicios sean considerados como fuente no solo del desarrollo socioeconómico sino también de la conservación de los recursos naturales.

Actualmente, la sociedad tiene un mayor reconocimiento de los servicios ambientales de la biodiversidad, dado el acelerado flujo de conocimiento y por la aparición de actividades económicas cuyo insumo básico es el capital natural disponible. A medida que se reconocen los beneficios que deriva el capital natural a la sociedad, aumenta la necesidad de contar con valoraciones económicas que aproximen el valor monetario para los distintos bienes y servicios ambientales en los distintos usos económicos. A pesar de que los mercados son débiles en la asignación de precios para servicios ambientales, se deben considerar como el punto inicial para su valoración. Así, se parte de los valores de mercado y de los beneficios que la sociedad recibe y que no pueden ser expresados en términos monetarios por el mercado, para enriquecerlos posteriormente con información obtenida mediante técnicas de valoración de no mercado que permiten calcular, por ejemplo, lo que una sociedad está dispuesta a pagar por el bien o servicio ambiental dado el nivel de conciencia que ésta ha desarrollado respecto al valor de los servicios ambientales y a la conciencia de la estrecha relación entre desarrollo humano y riqueza natural.

2.4. Valor económico total para la biodiversidad

Dada la gran variedad de servicios ambientales que brinda la biodiversidad de los ecosistemas naturales, hace necesario considerar su valor económico total, que incluye los valores de uso (directos e indirectos), y los valores de no uso (valores de opción y de existencia) (Figura 2.3.). El valor económico total es un concepto que ilustra la complejidad que encierra la valoración económica de la biodiversidad y sus servicios ambientales, sin embargo es un enfoque apropiado para aproximar valores económicas a este recurso natural.

























Figura 2.3. Categorías de valores económicos atribuidos a servicios ambientales de la biodiversidad

Fuente: Munasinghe y McNeely, 1994.
Valor de uso directo

El valor de uso directo se refiere a los ingresos por venta de bienes derivados de los servicios que provee la biodiversidad del bosque, tales como madera, producción de bienes alimenticios (palmito), materiales para artesanía (bejucos), materiales para la construcción (hojas para techo de ranchos), otros (fauna), y servicios tales como ecoturismo y recreación, que se pueden medir por los ingresos obtenidos. El valor de uso de los bienes no maderables incluye también aquellas especies que producen resinas, chicle, plantas medicinales y alimentos de tipo silvestre que se utilizan con fines de subsistencia. En estos casos, si el precio no refleja realmente la escasez del recurso y muestra señales de distorsiones en los mercados (impuestos, subsidios, tasas de cambio, tasas de interés), se debe aplicar ajustes apropiados para la determinación de precios sombra (Dixon et al., 1988). La mayoría de estos bienes pueden valorarse a precios de mercado. Sin embargo, para los beneficios potenciales del bosque y para los bienes que no tienen precio de mercado, se puede usar otras técnicas de valoración en la aproximación de precios monetarios para tales bienes y servicios.
Valor de uso indirecto

El valor de uso indirecto se refiere al valor de las funciones ecológicas y servicios de la biodiversidad del bosque, como el ciclo biogeoquímico, protección de suelos y cuencas, secuestro de carbono, valor del turismo, oferta y calidad de agua. La valoración se basa en el uso del costo de reemplazo de los beneficios generados por el bien ambiental. Se pueden utilizar precios de mercado de bienes sustitutos o gastos potenciales, utilizando el cálculo de los costos necesarios para mitigar el impacto (Naciones Unidas, 1994; Pearce y Turner, 1995).
Valor opción

El valor de opción se utiliza en casos de usos potenciales no conocidos (Turner et al., 1990). Constituye el valor adicional para asegurar la disponibilidad futura de un servicio del ecosistema. Este concepto se fundamenta en el hecho de que, si bien rara vez existen mercados de opciones sobre servicios ambientales (y satisfacciones que proporcionan las mismas motivaciones individuales que operan en los mercados de opciones de compra de bienes raíces y valores), también existen mercados con respecto a los servicios ambientales (Randall, 1985).

Además, se entiende como una garantía de asegurar la disponibilidad futura del flujo de servicio, lo cual de otra manera no sería posible. Se asocia con recursos genéticos, por ejemplo el futuro potencial agrícola o farmacéutico de una especie o ecosistema, los cuales podrían desaparecer por alguna otra forma de explotación que exponga a su extinción o bien por opciones económicas que se podrían generar con el flujo hídrico proveniente de los bosques, entre otros factores.

El valor de opción es el valor de los beneficios esperados que la gente está dispuesta a pagar para conservar un activo y disponer de él en el futuro. Se puede entender como la garantía de asegurar la disponibilidad futura del activo, lo cual de otra manera no sería posible. Se aplica en casos de usos potenciales no conocidos, por ejemplo el valor de opción del bosque como hábitat de especies probables para producir sustancias farmacéuticas (Pearce y Turner, 1995).
Valor de existencia

El valor de existencia es el valor que la sociedad le da a un servicio ambiental, que podría no estar relacionado con ningún uso actual o potencial del mismo; sin embargo, se es consciente de que tiene valor y que debe conservarse como un producto del ecosistema, de tal manera que acompañe -en la medida de lo posible- la evolución de la diversidad biológica, para que pueda ser disfrutado por las futuras generaciones (Jansson et al., 1994; Costanza et al., 1998).

El valor de existencia se puede calcular por el conocimiento de donaciones para la conservación, o bien con el uso de los métodos de valoración contingente, en especial para aquellos casos donde el activo tiene características únicas o significados culturales o religiosos importantes para la sociedad (Pearce y Turner, 1995).

Casos claros de valor de existencia serían aquellos asociados a los ingresos y gastos de un país por el servicio de investigación que podría generar ingresos, mediante la venta de libros, videos y otras formas de diseminación de información. El VET integra valores de uso (p. ej. producción de madera) y valores de no uso (beneficios de la conservación).

Para obtener el VET, en el caso del bosque, se deberían considerar inicialmente aquellos bienes y servicios económicos que generan bienestar al ser humano (p. ej. demanda por madera, por áreas agrícolas o por la necesidad de exportar madera para generar ingresos). También deben ser considerados los valores asociados a opciones futuras y a la existencia del recurso como tal. Para aquellas funciones del bosque que son parcial o totalmente no comercializadas, lo primero que se debe hacer es estimar un precio apropiado (sombra) que refleje adecuadamente el valor que la sociedad le confiere a esas funciones. En segundo término, se deben desarrollar los mecanismos apropiados para capturar los valores económicos estimados (Adger et al., 1995).

El valor económico total variará de acuerdo con el grado de degradación o agotamiento en que se encuentre el bosque en estudio, y según el tipo de bosque, en relación con los bienes y servicios de uso directo o indirecto y el valor de existencia. Es de esperar que bosques no intervenidos y ubicados en una misma región presenten valores mayores que aquellos que son comparables geográfica y climáticamente, pero con tasas de degradación o agotamiento mayores y, por lo tanto, con menos capacidad de producir flujos permanentes de servicios ambientales. De la misma manera, los bosques en los cuales la protección, y no el uso económico, es la función principal (área central), serán valorados dando más énfasis al valor de existencia que a sus usos directos; se los valorará como una unidad.

Dada la variedad de activos y servicios disponibles en el medio natural, se hace necesario considerar la valoración formando criterios de mercado y no de mercado dependiendo de si se transan o no dentro del mismo.

2.4.1. La valoración directa de mercado

La valoración a precios de mercado puede aplicarse a inventarios de activos naturales producidos y sus servicios ambientales. También puede aplicarse en algunos casos a lo que son los activos y flujos naturales no producidos. En tal caso, es necesario considerar las diferencias entre activos naturales producidos y activos naturales no producidos; así como también, en los flujos de bienes y servicios provenientes de esos activos y el precio actual de esos bienes, considerados como servicios de la biodiversidad, se puede valorar para las existencias y los flujos, simplemente utilizando valores que provee el mercado (Naciones Unidas 1994). Si son activos producidos la valoración está determinada fundamentalmente por los costos de producción; si son activos no producidos la valoración puede estar determinada por activos sustitutos que se transan en el mercado y que tienen un precio

Los activos naturales producidos y las corrientes de bienes y servicios correspondientes, se valoran a precios de mercado. El costo de utilización de estos activos, se calcula partiendo del supuesto de que son iguales a su depreciación en el período de análisis comprendido. Su depreciación está dada por el consumo del activo fijo y esto refleja una disminución en el valor total del activo causado por su uso económico; la degradación de estos se calcula mediante los costos de sustitución.

En el caso de la corriente de servicios ambientales que producen los activos naturales no producidos, podría calcularse utilizando los datos referentes a los alquileres o rentas que se pagaron con el fin de obtener autorización para utilizar esos activos (Naciones Unidas, 1994). En el caso de los inventarios, podrían asociarse con el nivel de explotación del activo que no supere su rendimiento máximo sostenible. Generalmente se asocia con un derecho de explotación, que se puede vender en el mercado (Naciones Unidas, 1994).

Cuando no existen transacciones mercantiles, se tendrá que aplicar una valoración diferente. En ese sentido, se prefiere una valoración directa o indirecta de no mercado. La valoración directa se apoya en indicaciones de preferencias, mientras que la valoración indirecta normalmente hace uso del costo de sustitución o del costo de oportunidad (Naciones Unidas, 1994).

2.2.2. La valoración directa de no mercado

En la valoración directa de mercado, frecuentemente se ha utilizado la técnica contingente cuando el medio natural es aprovechado como un bien de consumo público; tal es el caso del agua, el aire y los servicios recreativos que proporcionan los activos naturales. Así, se puede determinar una cuantía monetaria para el caso de una disminución en la calidad de agua y se puede preguntar a cada persona cuánto podría ser el monto anual que estaría dispuesta a pagar para evitar el cambio en la calidad del activo. Entre estos métodos directos se pueden mencionar la disposición a pagar, los precios hedónicos o los costos de viaje, los cuales constituyen una posibilidad para aproximarse a un amplio conjunto de funciones del medio natural (Pearce y Turner, 1995).

La aplicación de la valoración indirecta de no mercado a las funciones y servicios ambientales, consiste en utilizar costos efectivos o hipotéticos. Los efectivos son aquellos en los que se incurre para mantener los servicios que produce la biodiversidad. Entre ellos se consideran los gastos de protección de bosques y otros ecosistemas, y los datos para atacar los daños causados, como por ejemplo daños a la salud por una disminución de la calidad del ecosistema.

Los costos en que incurre un área protegida para poder lograr la protección ambiental deseada, de tal forma que se impida la degradación del ecosistema y sus servicios o bien que restaure los daños ya existentes, constituyen un indicador de que se está luchando para mejorar la calidad de los activos y sus funciones. En tal caso, se incurre en una serie de gastos que pueden utilizarse como indicadores para valorar el esfuerzo por mantener la calidad del servicio deseado.
Una población podría perfectamente estar dispuesta a pagar los gastos efectivos para protegerse de un deterioro en la calidad del aire o del agua, y esto podría ser una interpretación del valor mínimo asociado a una disminución en la calidad del servicio ambiental. Ejemplos de valoración indirecta de no mercado son los costos de mantenimiento y el costo de oportunidad.

Costos de mantenimiento. Se refieren a los gastos que se hubieran requerido para mitigar el daño, de tal manera que el medio natural pueda mantener sus características cuantitativas y cualitativas a largo plazo. Incluyen los costos de sustitución de las disminuciones, los costos de protección ambiental y los costos de restauración del ecosistema para que siga proporcionando los servicios requeridos. Para el caso de un bosque, por ejemplo, el costo de la disminución sólo tendrá importancia cuando la disminución supera el crecimiento natural (Naciones Unidas, 1994).

Los costos de disminución por extracción se pueden registrar a valores de mercado, lo mismo que los costos de protección, hasta que el activo recupere sus condiciones originales. El costo de reemplazo se utiliza como una aproximación al costo ambiental. En este caso, se prefiere la evaluación antes y después de aplicada la técnica; se podría discutir que los beneficios ambientales podrían ser similares a su costo de reemplazo. Uno de los grandes problemas que se presentan con la adopción de este tipo de método es la carencia de información para valorar los recursos. Sin embargo, se pueden utilizar medidas comparativas, como es el caso de los costos de mercado de los sustitutos producidos en forma artificial. Si los sustitutos no están disponibles, se podría utilizar la construcción de mercados artificiales para determinar la disponibilidad de pago del bien o el servicio.

La información sobre el costo de reemplazo se puede obtener mediante observación directa y cuantificación de los gastos actuales de recuperar en forma cualitativa y cuantitativa un recurso. A su vez, hay que tener presente el hecho de que los resultados del mismo no serán del todo perfectos, en el sentido de que la restauración total es difícil de lograr (Pearce y Turner, 1995). Ejemplo de esto son los gastos asociados para purificar agua, mediante la construcción de plantas de tratamiento que permitan regresar a los estados requeridos por la sociedad.

El costo de oportunidad puede constituir una buena alternativa para el cálculo del costo del daño en el sitio deteriorado, si se utiliza para calcular los ingresos en términos del VPN que se dejó de percibir en ese sitio con la mejor alternativa económica persistente en el área de recuperación por los años que se requirieron para la regeneración del área, hasta el punto en que se pueda lograr un estado cualitativo y cuantitativo similar al que mostraba originalmente el servicio ambiental (antes de la realización del proyecto o actividad). Para mayor detalle de la aplicación de los métodos de valoración.

2.5. Métodos de valoración económica6

Los principales métodos de valoración se pueden agrupar, así: métodos de valoración a precios de mercado, incluyendo la estimación de beneficios de consumo y producción de subsistencia; Métodos de mercados sustitutos, incluyendo el modelo del costo de viaje, modelo hedónicos y modelos de bienes sustitutos; Método de la función de producción, los cuales se centran en relaciones biofísicas entre las funciones ambientales y las actividades de mercado; Métodos de preferencias expresadas, principalmente el método de valoración contingente y sus variantes; y los métodos basados en costos, incluyendo el método de los costos de reposición y gastos defensivos.

2.5.1. Valoración utilizando precios de mercado

Los métodos de valoración más sencillos son aquellos que se basan en los precios de mercado. Muchos de los bienes y servicios proveídos por agro son comercializados (madera, leña, carne, pescado, minerales, productos agrícolas) ya sea en mercados locales o internacionales. Así, los precios de mercado pueden ser utilizados para construir cuentas financieras para comparar los costos y beneficios de las alternativas del uso de la tierra. Los precios son obtenidos en el mercado a través de la interacción entre los consumidores y productores sobre la demanda y oferta de los bienes y servicios. Cuando se utilizan precios de mercado en una valoración financiera es importante determinar el mercado apropiado.

2.5.2. Métodos de Mercados Sustitutos

Un segundo grupo de métodos se basa sobre el hecho de que algunos beneficios de los servicios ambientales pueden ser reflejados indirectamente en el gasto del consumidor, en los precios de mercado de bienes y servicios, o en el nivel de productividad de algunas actividades del mercado. Estos métodos se basan en sofisticadas técnicas esta-dísticas, tales como, los modelos de precios hedónicos y el costo de viaje, así como en técnicas más sencillas como el método de bienes sustitutos. La base teórica para todos estos enfoques es la función de producción de hogares, las cuales describen cómo los consumidores intentan maximizar su bienestar mediante el reparto del tiempo y recursos para diferentes actividades.

2.5.3. Método el Costo de Viaje

El método del costo de viaje (MCV) está basado en el supuesto que los consumidores valoran un servicio ambiental en no menos que el costo de acceso al recurso, incluyendo todos los costos directos del transporte, así como también el costo de oportunidad del tiempo gastado en viajar al sitio (por ejemplo, ingresos perdidos). Este método basado en encuestas ha sido utilizado extensivamente, especialmente en países desarrollados, con la finalidad de estimar los servicios ambientales proveídos por los sitios de recreación (por ejemplo, reservas naturales, playas y agro-paisaje).

2.5.4. Modelos Hedónicos

Otra técnica de valoración económica es el método de los precios hedónicos, el cual intenta aislar la influencia específica de un servicio ambiental sobre el precio de mercado de un bien o servicio. Las aplicaciones más comunes de este método se centran en el valor de la propiedad y los salarios diferenciales, los cuales son utilizados para valorar los bienes y servicios ambientales. La aplicación del enfoque de los precios hedónicos al valor de las propiedades incluyen la observación de diferencias sistemáticas en el valor de las propiedades entre ubicaciones y aislar el efecto de la calidad ambiental sobre estos valores. El valor de mercado de una propiedad residencial, por ejemplo, está afectada por muchas variables incluyendo su tamaño, ubicación, materiales de construcción, y también la calidad del medio ambiente que le rodea.

2.5.5. Método de bienes sustitutos

Para aquellos servicios ambientales que no tienen mercado o que son utilizados directamente (por ejemplo, leña), el valor puede ser un aproximado del precio de mercado de bienes similares (por ejemplo, la leña vendida en otras áreas) o el valor de la mejor alternativa o bien sustituto (por ejemplo, carbón vegetal). El alcance para el cual el valor del bien de mercado alternativo refleja el valor del bien ambiental en cuestión depende del grado de similitud o sustitución entre ellos (SUMA No. 41, 2000-7).

2.5.6. Métodos basados en la función de producción

Un tercer tipo de método de valoración económica es el enfoque de la función de producción (también llamada técnica del cambio en la producción, método insumo-producto o dosis-respuesta). Este método relaciona el bienestar de las personas con un cambio medible en la calidad o cantidad de un recurso natural (Mäler, 1992). El enfoque de la función de producción puede ser utilizado para estimar el valor de uso indirecto de los servicios ambientales, a través de su contribución a las actividades de mercado. El enfoque es referido como el método de la función de producción porque muchos estudios estiman el impacto sobre la producción económica.





2.5.7. Métodos basados en preferencias expresadas

Valoración Contingente

El método de valoración contingente obtiene expresiones de valor por parte de las personas entrevistadas por aumentos o disminuciones específicas en la cantidad o calidad de un servicio ambiental. La mayoría de estudios utilizan información de entrevistas realizadas a través de encuestas (Mitchell y Carson, 1989). Las estimaciones del valor económico obtenidas por este método son “contingentes” porque los valores estimados son derivados de una situación hipotética que es presentada por los investigadores a los entrevistados. Todos los enfoques basados en precios de mercado, mercados sustitutos y funciones de producción descansan sobre el uso de precios de mercado (preferencias reveladas) para estimar el valor económico de los servicios ambientales. Una alternativa consiste en preguntar directamente a los consumidores que establezcan sus preferencias (preferencias expresadas), en términos de un mercado o pago hipotético. En este enfoque, la información basada sobre el valor de un servicio ambiental se obtiene por medio de preguntas directas a los consumidores sobre su disponibilidad a pagar por medio de entrevistas. La técnica de preferencias expresadas más ampliamente utilizada y desarrollada es el método de valoración contingente (MVC).

2.5.8. Métodos de valoración basados en costos

Además de los métodos descritos anteriormente para estimar los beneficios de los servicios ambientales, pueden ser utilizados los enfoques basados en costos para dar alguna luz sobre los costos de mantener tales servicios. Hay tres métodos alternativos que se basan en los costos de proveer, mantener y restaurar los bienes y servicios ambientales: Método del costo de reemplazo, el cual mide los beneficios mediante la estimación de los costos de reproducir los niveles originales de beneficio. Método de los gastos preventivos, el cual estima los costos de prevención o de defensa en contra de la degradación de los servicios ambientales; y Método del costo de oportunidad, el cual utiliza costos de producción como una aproximación rudimentaria del valor de los servicios ambientales. Las técnicas basadas en costos son utilizadas comúnmente cuando existe una limitación en tiempo y recursos para una estimación más rigurosa del valor de los servicios ambientales. Tales técnicas deben de ser utilizadas con mucho cuidado, con particular atención para asegurar que los beneficios y costos de los servicios ambientales no sean confundidos. Ya que las técnicas basadas en costos no miden directamente la disponibilidad a pagar de los servicios ambientales, los resultados estimados pueden sobre o subestimar tales servicios (Adaptado de Bishop,1999).
1. Economía de los recursos naturales y ambientales

1.1. Introducción

Los servicios ambientales, entendidos como los flujos que proveen los distintos ecosistemas a la sociedad, ayudan a comprender mejor la relación entre el sistema natural y el sistema social, así como a entender la importancia que tiene la naturaleza para el desarrollo económico y para el bienestar de la población. Este conocimiento promoverá el diseño de políticas que hagan compatibles los objetivos de desarrollo y de conservación, de tal manera que la base de recursos naturales se mantenga mientras se mejora el nivel de bienestar social; es decir, se genera un óptimo aprovechamiento de tales recursos.

El comportamiento actual de la sociedad ha conducido al agotamiento y a la degradación de ecosistemas. Como ejemplo se puede citar el proceso de deforestación sistemático que ha disminuido la disponibilidad de bosques afectando así el flujo de bienes y servicios que proveen a la población. Otro ejemplo es la cantidad de desechos que se vierten al ambiente natural afectando la capacidad de carga y amenazando el flujo de bienes y servicios que se derivan de ellos. Ante estos problemas surge la necesidad de conocer las interrelaciones entre el medio natural y la economía, para evitar la pérdida de oportunidades económicas que se pueden obtener de ellos.

Entre las causas principales que explican el deterioro de la biodiversidad se puede mencionar el hecho de que los agentes económicos no toman en cuenta el impacto que sus decisiones ocasionan sobre el ambiente. A la vez, esto se explica por la falta de información sobre las consecuencias ambientales que tiene la actividad económica, la falta de señales económicas que indiquen el costo de esos daños sobre la biodiversidad, la falta de precios de los bienes y servicios de los ecosistemas y el desconocimiento de las interrelaciones entre el ecosistema y el medio socioeconómico. De este modo, el primer objetivo para alcanzar un desarrollo económico sostenible es incluir variables ambientales en la toma de decisiones actuales (Proyecto Estado de la Nación 1998; CCAD1998).

Hay un reconocimiento de que los recursos biológicos nutren, visten y proporcionan alojamiento, medicamentos y sustento espiritual a los integrantes de la sociedad, y que los ecosistemas naturales contienen la mayor parte de la biodiversidad de la Tierra; por eso es urgente tomar medidas en función de su conservación y mantenimiento, garantizando así la posibilidad de conocer el material genético de plantas y animales que habitan en ellos. Esto apoyará el ordenamiento en la utilización de los recursos biológicos y la identificación de los beneficios que podrían traer a la agricultura, la salud, el bienestar y el ambiente (IICA 1993).

Además, aunque la biodiversidad es una fuente de recursos para el desarrollo de la economía, no existe una identificación precisa del flujo de bienes y servicios que provienen del ecosistema. Por otro lado, es conocido y aceptado que el aprovechamiento genera beneficios económicos en términos de ingresos, empleo y otros aspectos socioeconómicos, pero estos no han sido contabilizados todavía. Estas deficiencias no permiten visualizar la importancia que tiene la biodiversidad para la economía nacional. En tal sentido, cualquier esfuerzo cuya meta sea el ilustrar esa importancia de la biodiversidad para la economía del país, se convierte en un insumo importante para la toma de decisiones y para la elaboración y análisis de políticas sobre el recurso biológico.

Esa preocupación por el deterioro de los recursos biológicos asociado con las actividades productivas, ha generado la necesidad de desarrollar estrategias que permitan la recuperación de ecosistemas dañados y de especies amenazadas o en peligro de extinción, y la conservación y mantenimiento de ecosistemas existentes. Se han promovido diferentes enfoques para alcanzar la conservación de la biodiversidad, sin embargo, la implementación de tales enfoques requiere el financiamiento suficiente, y las autoridades responsables no cuentan con una fuente de financiamiento continua y estable. Por lo tanto, se hace necesario definir un mecanismo de generación de ingresos permanente, para atender la demanda de recursos financieros en la conservación de la biodiversidad.

Los beneficios económicos de la biodiversidad, aunque se reconocen, no han sido cuantificados explícitamente. Los sistemas contables aún no están estructurados de tal forma que se pueda obtener información desagregada de los bienes y servicios de la biodiversidad natural no producida. A pesar de que éstos se transan en el mercado a precios que probablemente estén distorsionados por las fallas del mismo, el mercado es la fuente más cercana para obtener información, no sólo de precios sino también del tipo de bien y servicio que la sociedad está consumiendo.

Algunos servicios ambientales más que reconocerse oportunamente están tomando el valor que la sociedad les asigna, como, por ejemplo, el servicio de oferta hídrica que ofrecen los bosques costarricenses en las áreas importantes desde el punto de vista de la captación hídrica. Estudios desarrollados por Barrantes y Castro (1999) indican que si la sociedad ha reconocido el valor del servicio ambiental hídrico (Ley de Biodiversidad 1997), solo hay que proceder a cobrarlos para que se pueda contar con un flujo permanente de ingreso. Esto demuestra que el servicio ambiental puede ser valorado en términos monetarios y que existen mecanismos para cobrarlos y administrarlos.

En la medida en que producen flujos de servicios a lo largo del tiempo, los stocks de recursos naturales constituyen un activo de la sociedad. Pero los recursos naturales se distinguen de otros activos por ciertas características que crean dificultades al funcionamiento eficiente de un sistema de precios. En pocas palabras, estas dificultades hay que atribuirlas al carácter renovable o no renovable de los recursos naturales; a sus formas peculiares de apropiabilidad; y a los efectos externos que surgen en la producción y el consumo de sus servicios.

Aunque hay una idea formada de lo que es un recurso natural, quizá valga la pena comenzar con una definición de recurso natural, y una clasificación taxonómica de los distintos tipos de recursos que se considerarán en el análisis. Esto permitirá diferenciaciones importantes en la definición de una gestión óptima de tales recursos, respetando las características relevantes que determinan su aprovechamiento.

De acuerdo con Common (1988), se pueden definir los recursos naturales como todos aquellos bienes de que dispone el hombre como un «regalo de la Naturaleza». Aunque se trata de una definición muy amplia, que incluye sin duda todo lo que pertenece a la Naturaleza, es preferible, por varias razones, a la definición más convencional que iden­tifica recursos naturales con todos los atributos de la tierra, vivos o inanimados que explota el hombre como fuente de alimentos, materias primas y energía, ya que es lo suficientemente amplia como para incluir «regalos» tales como el aire puro y la naturaleza virgen, valorados por el hombre, pero que no son necesariamente utilizados como insumos en un proceso productivo.

Se pueden representar esquemáticamente las relaciones entre el medio natural y la economía con ayuda de la Figura 1.1 (Common, 1988). Por encima de la línea gruesa aparece la economía: producción, consumo, y los flujos existentes entre ellos. La flecha de izquierda a derecha repre­senta los bienes y servicios producidos, mientras que la de sentido con­trario indica los servicios del trabajo. Por debajo de la línea gruesa se encuentra el medio natural. Los recursos naturales, representados por la casilla R, sirven como insumos para el proceso productivo. El medio natural proporciona asimismo servicios recreativos (el disfrute de la belleza natural, la oportunidad de respirar aire puro, por ejemplo), que se representan en la casilla A. La definición dada más arriba de recurso natural incluiría, por tanto, las casillas R y A. Obsérvese que estas casillas se solapan. Por ejemplo, un bosque puede servir como fuente de madera para el proceso productivo, y también como fuente de servicios recreativos tales como los derivados del ocio o de las actividades turísticas. Muy a menudo, a la hora de gestionar el recurso, ha de tomarse una decisión sobre si dedicarlo a la producción (R), o a las actividades recreativas (A). Por ejemplo, ¿debería explotarse una parcela del bosque para proporcionar madera, o preservarla para sustentar estas actividades recreativas?

Existe una segunda vía a través de la cual interactúan la economía y el medio natural: la generación de residuos tanto por parte de productores como de consumidores. La producción industrial implica muy a menudo la descarga en el aire o en los ríos de residuos, mientras que las basuras domésticas y los flujos de colectores y alcantarillas terminan por volver de una forma u otra al medio natural. La casilla S de la Figura 1.1, que se solapa con las casillas R y A, recoge este fenómeno. La descarga de residuos puede disminuir la capacidad del medio natural para proporcionar servicios recreativos y, si es lo suficientemente severa, puede limitar asimismo su papel como proveedor de insumos productivos. Por ejemplo, un río, además de permitir mantener una piscifactoría, puede proporcionar agua limpia para un proceso industrial determinado. Puede servir asimismo como un lugar para el desarrollo de actividades recreativas: natación, remo o pesca. Si la contaminación industrial y los residuos domésticos se vierten en él, su capacidad para proporcionar estos servicios recreativos se verá seriamente dañada. La piscifactoría puede resultar inviable, y si la contaminación es lo suficientemente intensa, puede acabar con la posibilidad de que el río proporcione agua para la producción industrial. La casilla S, por tanto, también se solapa con las casillas R y A. Muchas de las cuestiones más controvertidas en el campo de la gestión de los recursos naturales tienen que ver, precisamente, con la in­tersección de estas tres casillas R, A y S.

Obsérvese que se ha representado en la figura la interacción entre la economía y el medio natural, como una serie de flujos (simbolizados por flechas). Pueden concebirse los recursos naturales como un stock. De esta forma, la utilización de los recursos naturales como un insumo en el proceso productivo supondrá una disminución en el stock de dicho recurso a una velocidad (en unidades de dimensión equivalente a las unidades del recurso por unidad de tiempo) que dependerá del flujo del recurso (en unidades similares) hacia el proceso productivo. Igualmente puede pensarse en un flujo de servicios recreativos desde el medio natural hacia el consumo. Este flujo se medirá en unidades cuya dimensión vendrá dada en términos de utilidad (satisfacción) por unidad de tiempo. A diferencia, sin embargo, del flujo de recursos hacia el proceso productivo, este flujo de servicios recreativos no supone necesariamente una reducción del stock. El hecho de que las personas admiren la belleza natural no la destruye, a menos que sean tantas que dicha belleza se perturbe.

Centrémonos ahora en la tipología de los recursos naturales. La pri­mera distinción importante es la que separa los recursos renovables de los no renovables. Los animales y las plantas, así como las reservas de agua (pantanos, acuíferos), son ejemplos del primer tipo. Es posible utilizar los recursos renovables como insumos en el proceso productivo, sin que ello suponga una disminución global en el stock de los mismos. Así por ejemplo, si la tasa de extracción de madera de un bosque no supera la tasa de renovación biológica, el tamaño global del stock no se verá disminuido. De la misma forma, si la tasa de extracción de agua de un acuífero no supera la tasa de recarga del mismo, las disponibilidades de agua no decrecerán. Sin embargo, si la tasa de explotación del recurso supera la tasa de regeneración natural, las existencias del recurso dismi­nuirán y, eventualmente, pueden llegar a desaparecer, si la explotación continúa.

Además de los recursos renovables, existe otro tipo de recursos naturales que también podría ser incluido en este grupo. Son los depósitos naturales de residuos (casilla S), en los que se depositan las sustancias contaminantes, y que son capaces de regenerarse por sí solos gracias a procesos bióticos o abióticos. En este caso, el depósito puede ser tratado como el stock de un determinado recurso natural. Podría por ejemplo, conceptualmente, considerarse de esta for­ma la atmósfera, los ríos o los lagos.

Sin embargo, y al igual que ocurre con los bancos de pesca, los bosques, los acuíferos, etc., si la tasa de explotación del recurso (es decir, el flujo de contaminantes hacia el de­pósito) es mayor que la tasa natural de regeneración (la tasa a la que el medio puede limpiarse a si mismo), el stock del recurso se verá disminuido, y puede llegar a hacerse cero, si el flujo excesivo de contaminantes se mantiene. La descarga continua de clorofluorocarbonados (CFC), por ejemplo, puede reducir la capa de ozono por debajo de un umbral mínimo, en el que ya no es posible la regeneración. De la misma forma muchos lagos han terminado biológicamente muertos, por un flujo excesivo de contaminantes a lo largo de períodos prolongados de tiempo. Debido al hecho de que los stock de recursos renovables pueden aumentar, parece natural considerarlos como una forma de capital natural.

Los recursos no renovables no son susceptibles de una regeneración natural, al menos en términos de tiempo histórico. Ejemplos obvios son los minerales y los depósitos de combustibles fósiles. Cuando estos re­cursos se utilizan como insumos en el proceso productivo, se reduce necesariamente su stock, y si el proceso se mantiene, es posible que terminen por agotarse. Por eso los recursos no renovables se denominan, a veces, recursos agotables. La distinción entre recursos renovables y no renovables, sin embargo, no está siempre bien definida. La capa superficial del suelo, por ejemplo, es susceptible de regeneración, pero este proceso puede llegar a ser bastante prolongado y puede incluso resultar imposible en el caso de muchos de los modernos métodos de cultivo. Igualmente, algunos grandes acuíferos pueden regenerarse, pero el proceso puede llegar a ser muy lento. Como es obvio, una de las diferencias fundamentales entre los recur­sos renovables y los no renovables es el hecho de que los segundos no se pueden utilizar, permanentemente, de forma sostenible. En el caso de los recursos agotables, esta explotación sostenible no es posible.

La postura ortodoxa ha sido la de creer en la posibilidad de un proceso de crecimiento económico continuado, en el que una de las principales preocupaciones de los economistas y políticos sería la de cómo mantener dicho crecimiento, superando al tiempo las miserias y sufrimientos causados por la recesión económica. Sin embargo, tras varias décadas de crecimiento económico, la posibilidad e incluso la deseabilidad del crecimiento con­tinuado son puestas en tela de juicio. Este progresivo cuestio­namiento comenzó seriamente en los años setenta, tras el golpe que supuso para las naciones industrializadas la crisis de los precios del petróleo, y la creciente toma de conciencia con respecto a los problemas de la contaminación medioambiental, y del crecimiento ilimitado de la población en las naciones no industrializadas.

Una crítica menos extrema del proceso de crecimiento económico se centra en el hecho de que los niveles crecientes de producción y consumo requieren no sólo un flujo creciente de recursos naturales (casilla R), sino que también generan un flujo creciente de residuos (casilla S). La función regeneradora del medio natural, que le permite asimilar estos residuos, se ve sometida a una presión creciente, hasta que llega un momento en el que su capacidad es superada. La contaminación resultante probablemente acabe con la posibilidad de que el medio natural proporcione una serie de recursos, y lo que es todavía más importante, degradará el flujo de servicios recreativos que genera (casilla A). El problema no estriba, por tanto, en que el crecimiento económico se torne imposible, sino en que los beneficios del mismo se hagan cada vez menos valiosos debido a la degradación del medio en el que nos toca vivir.

No resulta tarea fácil negar la validez de estas críticas a la filosofía del crecimiento económico continuado, a la vista de las amenazas que para la salud representan la contaminación nuclear y química, la desaparición de la capa de ozono o el malestar que proporciona la contemplación de ríos, lagos, estuarios, aire... contaminados. De hecho, a la par que avanza el proceso de crecimiento económico, lo hacen los problemas de asimilación, tanto en cantidad como en extensión, de forma que nos encontra­mos frente a problemas de contaminación verdaderamente globales, como los causados por la acumulación de dióxido de carbono, y otros gases que generan el efecto invernadero, en las capas altas de la atmósfera.

No obstante, la crítica fundamental venia dada por el hecho de que en el análisis no se incluía el mecanismo de precios como un medio para modificar el comportamiento de productores y consumidores en el uso de los recursos naturales. Este hecho surge porque cuando una materia prima se hace escasa, su precio tiende a subir, y los productores que la utilizan tienden a buscar medios de reducir su empleo, sea utilizando sustitutos, sea adoptando procesos pro­ductivos más eficientes. Del mismo modo, los consumidores modificarán sus preferencias alejándose de aquellos bienes que ahora resultan más costosos, debido al encarecimiento de las materias primas, y reduciendo de esta forma tanto la demanda de dichos bienes como, indirectamente, la del recurso natural escaso. La secuencia anterior conducirá a un cambio en la estructura productiva, en favor de aquellos bienes poco inten­sivos en la utilización de recursos naturales (pero más intensivos quizá en la utilización de otros recursos escasos: conocimientos, preparación, habilidad), y en contra de aquellos bienes intensivos en recursos naturales.

Un argumento similar, y en la misma línea, se apoya en el hecho de que al hacerse más escaso un recurso, y por tanto más caro, aumentarán los incentivos para su reciclaje: en la figura 1.1, una parte del flujo de residuos proveniente de la producción y el consumo, y que va a la casilla S, se desviará de nuevo hacia la parte superior, hacia la casilla del consumo o la producción. Dos beneficios se derivan de todo ello: en primer lugar, se reduce la cuantía de recursos primarios extraí­dos del medio natural; en segundo, se reduce igualmente la cuantía de residuos que vuelven a él.

No todos los contaminantes son reciclables, y los problemas de un medio natural degradado no se resuelve con el argumento de que hay un mecanismo de retroalimentación vía precios. Aunque no deja de ser cierto que el reciclaje y la tendencia a producir bienes menos intensivos en la utilización de recursos naturales reducirá el flujo de residuos. Aun teniendo en cuenta estos factores, el flujo puede seguir resultando excesivo. Si existiera un mecanismo de precios operativo con respecto a la disposición de residuos y a la provisión de servicios recreativos, ayudaría a amortiguar o disminuir el problema de la degradación ambiental. Es decir, si el productor o el consumidor tuvieran que pagar un precio para librarse de sus residuos, y si ese precio creciera a la par que disminuyera la existencia de depósitos aceptables en el medio natural, el problema sería mucho menor; y, análogamente, tampoco habría dificultad si los consumidores tuvieran que pagar un precio por el disfrute de los servicios recreativos, y este precio creciera conforme disminuyera la facultad de la naturaleza de proporcionarlos. La lógica que subyace a este argumento no es excesivamente complicada: si las cosas se convierten en escasas se hacen más caras y se utilizan menos. Y así se tiene otro ejemplo de retroalimentación en el sistema. A medida que el medio natural se contamina como resultado del proceso de crecimiento económico, y ve disminuidas sus facultades tanto para actuar como un depósito de residuos como para proporcionar servicios recreativos, disminuye la utilización del medio con estos propósitos, ya que se hace más caro.

A pesar de que no existe en realidad tal sistema de precios para gran parte de los servicios del medio natural, ni para algunos de los recursos naturales utilizados en el proceso productivo, una condición necesaria para que el mecanismo de precios funcione debidamente es que existan derechos de propiedad privada sobre las cosas que debería controlar este mecanismo. El funcionamiento del sistema de precios se basa en el hecho de que las personas y las empresas comercian entre sí, y sólo se puede intercambiar lo que se posee. Aunque algunos recursos medioambientales son de propiedad privada, la mayoría, y fundamentalmente los que tienen que ver con la provisión de servicios recreativos y de depósito de residuos, no lo son. En general, los productores no tienen que pagar una tasa al «dueño» de un río, o de la atmósfera, para descargar en ellos sus basuras. De la misma forma, los consumidores, en la mayoría de los casos, tampoco tienen que pagar por el disfrute de los lagos, las playas, el paisaje; ni los pescadores (productores) por la pesca que sacan del océano. Como es obvio, la razón estriba en que la atmósfera, los océa­nos, los ríos y lagos, las playas, etc., no son de nadie... y son de todos: nadie cobra una tasa por su utilización. Los recursos medioambientales son los que se denominan recursos de propiedad común y para los que, además, existe libertad de acceso. Muchos han señalado este libre acceso como el responsable de la mayor parte de los abusos que se cometen contra el medio natural.

No es que el crecimiento económico por si mismo sea la causa de los problemas medioambientales, sino la falta de un sistema operativo de precios en el caso de muchos recursos medioambientales, debido fundamentalmente a la existencia de libre acceso y a la carencia de derechos de propiedad sobre ellos. Aun cuando sólo los economistas más radicales se pronun­ciarían en favor de la privatización de todos los recursos medioambientales, la mayoría sostiene que la solución de los problemas del medio ambiente pasa por el establecimiento de sustitutos, o «sucedáneos», de los derechos de propiedad. Elementos como los permisos de contaminación negociables, o (en el caso de la pesca) las cuotas individuales transferibles (ITQ: Individual Transferable Quotas), son buenos ejemplos de ello.

1.2. Los recursos renovables1

Los recursos renovables pueden utilizarse de forma regular y, si se explotan adecuadamente, pueden continuar produciendo servicios durante un futuro indefinido. La pesca, la caza y los bosques son ejemplos de recursos renovables. Los stocks de estos recursos varían a lo largo del tiempo según las leyes biológicas, dependiendo, de la disponibilidad de alimentos y agua, de la densidad y la distribución por edades de la población, y del proceso de reproducción natural de cada especie. La crisis energética nos ha hecho tomar conciencia de los problemas de los recursos no renovables. Pero también existen problemas que exigen una urgente solución en el caso de recursos renovables como la población de ballenas azules y grises, donde el exceso de capturas amenaza con la extinción de la especie.

Los servicios de la mayor parte de los recursos naturales se intercambian en el mercado al igual que las demás mercancías. La pregunta que cabe plantear sobre la relación entre el sistema de precios y los recursos no renovables es la siguiente: “¿Cuál es la tasa óptima a que se deben utilizar estos recursos, y conduce el sistema de precios a esa tasa de utilización?” Análogamente, deseamos saber si el sistema de precios induce a un consumo de los recursos renovables que permita mantener sus existencias a un nivel adecuado. La eficiencia del sistema de precios en la conservación de los recursos naturales depende de manera crucial de las características de apropiabilidad y los efectos externos del recurso.

La característica esencial de un recurso renovable es que sus existencias no son fijas y que pueden tanto aumentar como disminuir; crecerá si a las exis­tencias se les permite reproducirse. Un ejemplo es una sola especie de pez o un bosque. Sin embargo, hay unas existencias máximas: ningún recurso renovable se puede regenerar hasta niveles superiores a la capaci­dad de sustentación del ecosistema en el que existe. Este potencial para el crecimiento es importante porque el hombre puede aprovechar, o extraer, el incremento del tamaño de las existencias y, siempre que se den determinadas condiciones, las existencias volverán a crecer, se extraerá, crecerá de nuevo y así sucesivamente. Siempre que el resto de las condiciones no varíe (por ejemplo, las condiciones dentro del ecosistema considerado) hay razones para creer que este proceso de extracciones puede continuar durante largos períodos de tiempo. Pero, el potencial de sobreexplotación de un recurso renovable es importante: es fácil hacer que un recurso renovable desaparezca. Obviamente, esto ocurrirá si el ritmo de ex­tracción excede constantemente el ritmo de crecimiento natural del recurso, pero también puede ocurrir si la población del recurso cae por debajo de un nivel crítico, quizá por la sobreexplotación o por alguna otra razón no relacionada con el uso directo que se hace del recurso en cuestión, como podría ser la destrucción del hábitat.

Hay que hacer dos advertencias: en primer lugar, convencionalmente se considera que los recursos que tienen flujos continuos a lo largo del tiempo también se llaman «renovables». La energía proveniente del sol, de las olas o de las mareas son ejemplos de recursos de flujo continuo. El análisis que reali­zamos en este capítulo no es aplicable a esos recursos. En segundo lugar, aunque la analítica pueda parecer complicada, al menos a primera vista, hay que tener en cuenta que nos concentramos en el uso de especies individua­les, sin tener en cuenta que las especies son interdependientes. Un ejemplo altamente relevante de la interdependencia en los ecosistemas es la relación depredador-presa: una especie necesita de otra como alimento. A su vez, la presa es un depredador de otra especie y así sucesivamente. La represen­tación del uso óptimo de un conjunto de especies es demasiado complejo. Aun cuando los resultados que aquí se presentan son importantes, no se aproximan al complejo mundo de la interdependencia ecológica. Este es el contexto que hay que tener presente: la «fragilidad» de los ecosistemas y que adoptemos políticas de uso muy cuidadosas.

1.3. Curvas de crecimiento


Pensemos en una determinada especie de pez; sus existencias (o biomasa) pueden tener un crecimiento a lo largo del tiempo como muestra el gráfi­co 1.1. La curva que se muestra es una función logística: a niveles de exis­tencias bajos los peces se multiplican, pero a medida que empiezan a com­petir por las provisiones de alimentos su ritmo de crecimiento se hace cada vez más lento hasta que, eventualmente, las existencias convergen en un ni­vel máximo XMAX, la capacidad de sustentación de ese ecosistema para esa especie. Nótese que también se ha dibujado la curva empezando en XMIN: éste es el nivel mínimo crítico para la población. Si las existencias caen por debajo de ese nivel, se está llevando a esa especie a la extinción (XCERO).



Para nuestro propósito es útil interpretar la información contenida en el Gráfico 1.1 de un modo ligeramente distinto. El Gráfico 1.2 aporta la misma información, pero muestra el crecimiento del recurso X en el eje vertical y el nivel de existencias del recurso dX/dt, en el eje horizontal (tasa de variación de X con respecto al tiempo). Para mayor facilidad de nuestra exposición, el Gráfico 1.2 ignora el segmento de la curva entre XMIN y XCERO del gráfico 1.1, esto es, ahora asumimos que la población no tiene un tamaño mínimo crítico. El análisis se hace mucho más complicado si introducimos tamaños mínimos críticos; produciendo lo que la literatura conoce como «agotamiento».


El gráfico 1.2 nos dice que al principio el ritmo de crecimiento de las existencias de recurso es positivo, llegando a un má­ximo y después decrece a medida que las existencias se acrecientan. Si dejamos al recurso solo, su tamaño en términos de biomasa total crecerá y crecerá hasta que alcance a la capa­cidad de sustentación de su ambiente en XMAX.

Llega un nivel del stock en que el recurso alcanza su equilibrio natural, porque representa el tamaño de la población que tiende a persistir en ausencia de intervención humana. Ese nivel de stock es "estable" en el sentido de que si hay una población mayor que ese nivel, el crecimiento de la población es negativo, mientras que si es menor, el crecimiento es positivo. Así pues, bajo condiciones naturales existe una tendencia a que la población se sitúe en el nivel máximo de población del stock.

Debido al crecimiento vegetativo, es posible explotar el recurso sin reducir el tamaño de la población. Cada año se puede utilizar una cantidad igual al crecimiento natural, de manera que la población se mantenga constante. Por tanto, la curva de crecimiento natural indica, para cada tamaño de la población, la cantidad que puede sustraerse anualmente de manera continuada sin agotar el stock del recurso.

El gráfico 1.2. permite identificar un concepto cuyo uso está muy difundido, que es el de máxima producción sustentable (MPS), que tiene lugar cuando el ritmo de crecimiento de un recurso llega a un máximo. El atractivo aparente de la MPS debería ser obvio: si utilizamos el recurso renovable de tal modo que tomemos MPS de las existencias, éstas se regenerarán por si solas y la próxima vez podre­mos volver a tomar la MPS y así sucesivamente.

Adviértase que esto sólo se podría hacer si dejamos que el recurso se renueve por sí mismo: si tarda un año en regenerarse, la MPS se podrá tomar cada año y si tarda veinte, debemos extraer la MPS sólo una vez cada veinte años. En la práctica es mucho más complejo que todo esto porque la población será de diferentes edades, pero la idea básica es correcta. Sin embargo, la MPS es el máximo que podemos extraer del recurso sobre una base sustentable, esto es, sin reducir sus existencias a largo plazo. Por tanto, la idea de igualar nuestra tasa de extracción a la MPS tiene un atractivo: el recurso sobrevive «para siempre», y en cada período obtenemos el máximo de él.
Instituto de Políticas para la Sostenibilidad (IPS)

Es una fundación sin fines de lucro, tiene como misión el análisis y formulación de políticas para el desarrollo y la conservación. Sus principales actividades son la investigación y la capacitación. Cuenta con experiencia internacional en el apoyo a instituciones responsables de la administración y uso sostenible de los recursos naturales en varios países latinoamericanos.


Autor

Gerardo Barrantes es Master en Política Económica con énfasis en Desarrollo Sostenible y Economía Ecológica, actualmente Director General de IPS.


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HISTORIA DE LA RESPUESTA HUMANA A LA ALTERACIÓN AMBIENTAL

Las ciencias sociales, y en particular la Historia, han soslayado la cuestión ambiental,
desconociendo la existencia de la base ecológica como condicionamiento de la economía y de la
sociedad global humana. Así como los investigadores de las ciencias naturales cometen el error
de no estudiar la sociedad humana, transformadora en gran medida de la naturaleza, los
científicos sociales incurren en un error similar respecto de la naturaleza. El resultado de este
parcelamiento en la investigación de la realidad es que todavía no existe una ciencia global
capaz de analizar esa totalidad que es el ambiente, es decir la relación naturaleza-sociedad.
La sociedad humana está condicionada de modo significativo, aunque no siempre
decisivo, por la naturaleza. A su vez, el hombre va modificando en parte y en forma creciente a
la naturaleza, a través de la producción. En rigor, la relación entre sociedad y naturaleza está
mediada por la producción. Desde la aparición del hombre, hay una naturaleza socialmente
mediada por la producción de bienes materiales, distinta a la naturaleza preexistente a la
humanidad. Esta “segunda naturaleza” sigue teniendo su dinámica propia, pero cada vez más
modificada por la acción de la sociedad.
Pablo Gutman señala que en el “proceso de la producción encontramos articulaciones
entre componentes naturales y sociales, de los que queremos destacar la apropiación de la
naturaleza como base material del proceso productivo, la técnica utilizada para transformar
materia natural en mercancías, y la generación de desperdicios. A cada articulación destacada
concurren dinámicas naturales y sociales. La ubicación concreta, es decir, histórica, del proceso
de producción analizado nos permitirá entonces adelantar una comprensión de estas dinámicas y
sus conflictos”.
1
Está por investigarse aún la relación que existe entre la ecobase, los niveles de
productividad y la incidencia en el valor y la plusvalía, problemática sobre la cual llama la
atención Enrique Leff en su trabajo Ecología y capital: “Sin que Marx previera el uso de una
tecnología ecológica que incrementara y conservara la productividad natural de los recursos de
la tierra, sí observó la determinación de las fuerzas naturales sobre la formación del valor”,
especialmente en la renta de la tierra.
En fin, no se trata solamente de que la sociedad reconozca o considere a la naturaleza
como preexistente, sino que esta “segunda naturaleza”, mediada por el trabajo social, sigue
constituyendo un factor clave, ya que la ecobase condiciona en gran medida la producción e
incide en la ley del valor. La crisis ecológica actual, especialmente, la crisis energética son una
prueba palpable de este aserto. Es necesario reexaminar la forma en que los ecosistemas
condicionan, necesaria pero relativamente, el desarrollo de los diferentes modos de producción
y de los períodos de transición entre uno y otro modo de producción en la historia. Hay que
analizar cómo la ecobase -que determina la productividad posible de los recursos naturales en
una fase concreta del desarrollo histórico- afecta las condiciones de producción, es decir, la
incidencia en un momento dado de las fuerzas naturales sobre la formación del valor en cada
uno de los modos de producción de la historia. En síntesis, la naturaleza socialmente mediada
por la producción es la percepción humana de la naturaleza más evidente que conocemos.
Cualquier otra consideración alejada de esta realidad podría conducir a una forma de metafísica
de la naturaleza.
La relación sociedad-naturaleza ha sido analizada con un criterio dicotómico, bajo la
concepción del dualismo estructuralista, tanto por las ciencias sociales como por las ciencias
naturales. La ecología tradicional ni siquiera considera al hombre como parte del ecosistema; la
ecología humana, más actualizada, lo considera, pero como apéndice del mundo físico. Se
confunde evolución biológica con historia de la humanidad. Los seres humanos siguen
formando parte de lo biológico, pero se rigen por procesos distintos a los de la biología porque,
en gran medida, han roto con las leyes de la evolución natural.
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Los escasos enólogos que han prestado atención al factor sociocultural lo han hecho en
forma abstracta y atemporal, cuando en rigor debe ser estudiado en sociedades históricas
concretas, porque las diferentes formaciones sociales han determinado un comportamiento
distinto con relación a la naturaleza.
No es lo mismo el papel de la economía, las clases sociales, el Estado, la cultura y la
ideología en los modos de producción comunitario, asiático, esclavista y feudal que en el modo
de producción comunal capitalista. La política económica del Estado contemporáneo ha
promovido una ideología especial con relación al consumo energético. El estudio de los
diferentes tipos de sociedades nos entrega información sobre la utilización de la energía,
tecnología, consumo de calorías y combustibles fósiles, del empleo de la energía huana en la
explotación del trabajo, del gasto de energía de los diferentes sistemas de transportes y sobre las
agresiones del ambiente, expresadas, entre otras cosas, en el paulatino deterioro de los bosques,
ríos y mares.
La Historia, como disciplina, debe estudiar la sociedad y su relación con la naturaleza,
trabajada y transformada por los seres humanos. Es un error escindir la historia en historia de la
humanidad e historia de la naturaleza. En rigor, ha habido una sola historia interrumpida desde
la aparición del hombre, cuyo trabajo y actividad social ha significado una transformación
humana de la naturaleza, en un sentido favorable o no. En la ideología alemana, Marx sostuvo:
“ sólo conocemos una única ciencia, la ciencia de la historia. La historia sólo puede ser
considerada desde dos aspectos, dividiéndola en historia de la naturaleza e historia de la
humanidad. Sin embargo, no hay que dividir estos des aspectos; mientras existan hombres, la
historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan recíprocamente”.
2
En los Manuscritos económicos y filosóficos, Marx decía que “ la esencia humana de la
naturaleza no existe más que ara el hombre social (...). La sociedad es, pues, la plena unidad
esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección, el naturalismo realizado del
hombre y el realizado humanismo de la naturaleza”.
Marx fue influido por Feuerbach en su concepto de naturaleza y en su crítica a Hegel.
Para Hegel, la naturaleza era un derivado de la idea. Basándose en Feuerbach, Marx sostiene la
prioridad de la naturaleza, pero de ninguna manera analiza esta realidad exterior al hombre
como un objetivismo inmediato. Marx se “atiene al monismo naturalista de Feuerbach sólo en
tanto también para él sujeto y objeto son naturaleza. Al mismo tiempo, supera el carácter
abstracto antológico de ese monismo relacionando la naturaleza y toda conciencia de ella con el
proceso vital de la sociedad (...) es suficientemente no dogmático y amplio como para evitar
que la naturaleza se consagre como entidad metafísica o se consolide como un principio
ontológico último”.
3
En la última parte inconclusa de El capital, Marx analizó la relación del trabajo y del
dinero con las fuentes naturales, entre ellas la tierra (agricultura, subsuelo, etcétera). Más aún,
cuando Marx habla de las fuerzas productivas se refiere, en primer lugar, a la naturaleza, y
luego a la técnica y al régimen de trabajo. Esas fuerzas son obviamente productivas para el
hombre, y no metafísicamente per se como sostienen los que hipertrofian el papel de la
naturaleza, escindiéndola de la sociedad. En el tomo III de El capital manifestaba: “ No es la
fertilidad absoluta del suelo, sino más bien la diversidad de sus cualidades químicas, de su
composición geológica, de su configuración física, y la variedad de sus productos naturales, los
que forman la base natural de la división social del trabajo”. En la Crítica al programa de Gotha
sostenía que la naturaleza “es la primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo”,
4
mas
no le concebía de manera ontológica y abstracta sino en relación con la actividad humana.
Henry Lefebvre destaca el concepto marxista de que la naturaleza es la fuente del valor
de uso. “la naturaleza primera es la base de la acción, el medio del que emerge el ser humano
con todas sus particularidades biológicas, étnicas, etc., relacionadas con el clima, el territorio ola
historia, esa instancia entre la humanidad y la naturalidad.”
5
Los manuales del materialismo dialéctico “ortodoxo” insisten en la separación entre
hombre y naturaleza, presentando al primero como producto de la evolución y espejo pasivo del
proceso natural. Lucio Coletti -en el prefacio al libro de Alfred Schmidt ya citado- señala que
“con Stalin y, en general, con el stalinismo, surgió sobre esta base la superstición de la
inconmovible objetividad de las leyes históricas, que actúan independientemente de la voluntad
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de los hombres y no se diferencian en nada de las leyes de la naturaleza”.
6
G. L. Klein en su
libro Spinoza in Soviet Philosophy, editado en 1952 en Londres, demuestra cómo el concepto
spinozaiano de sustancia ha influido en la concepción de la materia de la filosofía soviética.
Este criterio se basa en algunas ideas planteadas por Engels en Dialéctica de la
naturaleza, como la afirmación -a nuestro juicio mecanicista- de que las leyes del pensar
“surgen del seno de la naturaleza y reflejan sus caracteres”.
7
tesis que posteriormente fue la base
de la indiscutible “teoría del reflejo” formulada por Lenin en su libro Materialismo y
empiriocriticismo.
Según nuestro entender, el concepto de naturaleza no sólo ha sido mal interpretado por
los epígonos del marxismo, sino también, y principalmente, por los partidarios del idealismo
filosófico, quienes anteponen la idea de la materia, como si ésta no fuera preexistente al hombre.
Por su parte, el positivismo -y su actual versión neopositivista- basado en el
pensamiento decimonónico de progreso, ha considerado a la naturaleza como algo que debe ser
“dominado” por el hombre. Su concepción antropocéntrica se remonta a Descartes, quien ya en
el Discurso del método manifestó que podemos emplear los elementos de la naturaleza y
“convertirnos así en señores y poseedores de la naturaleza”. Este afán de dominio de la
naturaleza se fue acentuando en la sociedad industrial, convirtiéndose en ideología.
La noción de progreso estuvo estrechamente vinculada con esta tendencia compulsiva al
dominio de la naturaleza por “el rey de la creación”. La explotación pertinaz de la naturaleza ha
comenzado a producir efectos alarmantes en la segunda mitad del presente siglo, a raíz del
creciente deterioro ambiental y el agotamiento de los llamados “recursos naturales”. Ahora, dice
Saint Marc, “la cuestión es dominar el dominio de la naturaleza”.
8
El comportamiento depredador de la sociedad contemporánea respecto de la naturaleza es
el resultado de un largo proceso que procuraremos analizar a través de las diferentes fases de
nuestra historia americana.
LAS CULTURAS INDOAMERICANAS Y SU
RELACION CON LA NATURALEZA.
La flora y la fauna americanas se fueron configurando hace unos 500 millones de años,
mucho después del surgimiento del planeta Tierra, cuyos primeros indicios de vida se
remontarían a unos 3.000 millones de años.
9
En el período de los reptiles las tierras se
subdividieron en dos grandes continentes: Laurasia (que comprendía América del Norte,
Groenlandia y Eurasia) y Gondwana (que abarcaba América del Sur, Africa, Oceanía y la
Antártida).
10
América del Sur estaba conformada por dos sectores emergidos y un mar interior ubicado
en lo que hoy conocemos como cuenca amazónica. A fines del mesozoico o era secundaria
surgió la cordillera de la costa, apareciendo los primeros mamíferos; a comienzos de la era
terciaria surgieron los relieves de la Cordillera de los Andes y posteriormente el relieve
venezolano actual. Gabriel Pons sostiene que “Centroamérica no fue realmente como es.
Durante las eras primaria y secundaria parece que estaban unidos Cuba, Puerto Rico, Santo
Domingo y Jamaica con Honduras y México. Más tarde, en las eras terciaria y cuaternaria,
apareció el vulcanismo y con él emergió la costa del Pacífico”.
11
La flora americana, que surgió de estos ecosistemas en permanente modificación, fue
determinante en el tipo de vida de los primeros seres humanos que cruzaron por el estrecho de
Berhing hace más de 50.000 años. La fauna era pobre en cuanto a animales de carga, salvo la
existencia de una variedad de caballos que luego se extinguió.
Estos pueblos cazadores-recolectores se adaptaron al medio, sin afectar la autorregulación
del sistema. No destruían masivamente las selvas ni las plantas. No exterminaban las especies
animales sino que consumían las que eran imprescindibles para subsistir, pues tenían una
etología propia respecto de la naturaleza. Si en algún caso la recolección de frutos y la caza
llegaban a afectar el balance ecosistémico, el daño era pronto reparable por cuanto estos
pueblos, que eran nómades, abandonaban el lugar, facilitando el proceso de autorregulación del
ecosistema. No es nuestra intención idealizar a estos pueblos ni presentar una imagen de plena
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armonía entre ellos y la naturaleza, pero el análisis histórico muestra que en esta fase no se
registraron acciones humanas que desencadenaras alteraciones ecológicas irreparables.
En el tránsito a la sociedad agrícola, que en América se produjo hacia el quinto milenio
antes de nuestra era, introdujo cambios significativos en los flujos energéticos. El inicio de la
producción agraria permitió un cierto control de la transferencia de energía. La sociedad
agroalfarera comenzó a ejercer un dominio, aunque todavía relativo, de las cadenas tróficas,
aumentando, mediante la domesticación de los animales, los consumidores secundarios. Los
seres humanos descubrieron que a través del proceso agrícola y la domesticación de animales
podían “almacenar energía metabólica”.
12
En este inicio del proceso de control de energía, las culturas agroalfareras utilizaron como
principales fuentes energéticas la quemazón de leña, instrumentos para aprovechar el viento, la
energía animal y humana y, fundamentalmente, el regadío artificial, que fue uno de los primeros
manejos de una fuente energética no metabólica. Estos pueblos tenían una dieta equilibrada:
combinaban las proteínas provenientes de los pescados, la llama, el guanaco y otros animales,
con hidratos de carbono como la yuca y la papa. El maíz, base de la dieta de la mayoría de las
culturas indoeuropeas, era un alimento bastante completo, aunque no dispusieron de leche de
ganado vacuno y ovino. Asimismo, la ausencia del buey y del caballo impidió un mayor uso de
la energía animal.
En la búsqueda de mejores tierras los pueblos agroalfareros hicieron las primeras
quemazones y talas de árboles. Fue el comienzo de la alteración del ambiente americano, pero
dada su escasa magnitud no alcanzó a provocar desequilibrios ecológicos significativos. Según
Lutzenberg, “la roza del indio complementaba apenas el producto de la caza y los frutos
silvestres, obtenidos en esquemas de explotación permanentemente sostenibles, sin degradación
del ecosistema”.
13
Esta apreciación es compartida por Sanoja y Vargas en sus estudios sobre Venezuela: “La
técnica del cultivo más sobresaliente y difundida entre la formación agricultora es la
denominada roza y quema o agricultura itinerante (...). Geertz, al analizar el problema de la
agricultura de roza y quema en términos ecológicos, plantea que la característica positiva más
sobresaliente de dicha técnica es la de estar integrada a la estructura del ecosistema natural
preexistente, a la cual, cuando es de naturaleza adaptativa, ayuda incluso a mantener, Cualquier
forma de agricultura del ecosistema dado de tal manera que se pueda aumentar el flujo de
energía que necesita el hombre para subsistir”.
14
A través de los motivos cerámicos y de los grabados en metal estos pueblos expresaban
su estrecha relación con la naturaleza, un esfuerzo de la mente humana por encontrar una
explicación del mundo y de la vida, para luchar contra lo desconocido apelando a las fuerzas de
la naturaleza y, al mismo tiempo, tratando de controlarlas. Arnold Hauser sostiene que “la
visión que la magia tiene del mundo es monística; ve la realidad en la forma de un
conglomerado simple, de un continuo ininterrumpido y coherente (...). La pintura era al mismo
tiempo la representación y la cosa representada, era el deseo y la satisfacción del deseo a la vez.
Era justamente el propósito mágico de este arte el que lo forzaba a ser naturaleza”.
15
La conformación de los imperios inca y azteca produjo nuevas alteraciones en los
ecosistemas americanos. Gran parte de la organización social se estructuró en torno al regadío
artificial: construcción de terrazas, desecación de pantanos, canales y andenes para facilitar la
circulación del agua destinada a la producción agraria. La orientación compulsiva de esos
embriones de burocracia estatal, que forzaban a una mayor tributación de los pueblos sometidos
con el objeto de aumentar el excedente económico, condujo a las primeras alteraciones serias de
los ecosistemas naturales.
La cultura azteca y la incaica se diferencian en que la primera hizo uso del excedente de
agua en un medio anegadizo, llegando a crear las famosas “chinanpas”, y la segunda en un
medio árido. Ambas sociedades conocían el sistema de abono, la rotación y selección de suelos,
el tratamiento bioquímico de las semillas, la previsión meteorológica y prácticas alimentarias
con conocimientos del poder nutritivo de las plantas y animales, que permitieron a los incas
alcanzar una dieta per cápita de más de 2.400 calorías, relativamente superior a la de algunos
pueblos latinoamericanos del siglo XX.
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En aquella época surgieron ciudades como Teotihuacán, con más de 100.000 habitantes,
Lubaatún con cerca de 50.000 y El Cuzco con más de 2.000, revolución urbana que nos plantea
varias reflexiones: ¿qué diferencia hubo entre estas ciudades aborígenes y las que surgieron
durante la época colonial y republicana respecto de los impactos ambientales? ; ¿pueden las
ciudades aborígenes americanas ser consideradas ecosistemas?
La mayoría de los ecólogos estiman que las ciudades no constituyen ecosistemas porque
básicamente no tienen autarquía, no se autorregulan y, por lo tanto, dependen de flujos de
energía ajenos. En tal sentido, las ciudades serían ecosistemas artificiales o fallidos.
16
A nuestro juicio las ciudades aborígenes indoamericanas no tenían un alto grado de
consumo energético importado. Cada una de ellas tenía muchos árboles, plantas, lagunas,
arroyos y otros componentes autotróficos que proporcionaban energía propia. La ciudad
indígena tenía entrada y salida propia de energía, constituyendo una unidad indisoluble con el
campo. El consumo de agua era elevado como consecuencia del regadío artificial, pero aquellas
ciudades, a diferencia de las actuales, no tenían salida de agua contaminada ni desechos
imposibles de reciclar.
A los efectos de precisar la caracterización de estas ciudades indoamericanas como
ecosistemas con autarquía energética propia.
17
Sería interesante hacer un estudio comparativo
con las ciudades griegas y romanas y entre éstas y las de la época moderna para comprobar en
qué momento comenzaron a convertirse en “heterotróficas”, es decir, en importadoras masivas
de flujos energéticos. En síntesis, se trata de estudiar la ciudad en su proceso histórico para
analizar en qué fase fue un ecosistema y cuándo dejó de serlo para convertirse en un ecosistema
artificial. Este estudio podría arrojar interesantes conclusiones no sólo sobre el pasado sino
también acerca del futuro de las ciudades, en función de una adecuada estrategia de
planificación ambiental, obviamente en una sociedad alternativa a la actual.
EL DETERIORO AMBIENTAL DURANTE LA
COLONIA Y LA REPUBLICA
Nuestra base ecológica condicionó en gran medida el tipo de colonización. La diferencia
entre la colonización inglesa de Norteamérica y la colonización hispano-lusitana de Meso y
Sudamérica no estuvo determinada por el llamado “espíritu de la raza” sino por los ecosistemas
diversos, los distintos medios geográficos, las riquezas minerales y la disponibilidad de mano de
obra que encontraron los respectivos conquistadores.
Los ingleses que colonizaron la zona este de lo que son actualmente los Estados Unidos
hallaron una naturaleza poco feraz, ríos que se desbordaban arrasando los cultivos y una
población indígena que no pudieron doblegar y explotar desde el conocimiento. No encontraron
metales preciosos ni una agricultura con regadío artificial como la de los mayas, incas y aztecas.
A los ingleses del Mayflower les hubiera regocijado descubrir oro, como a los españoles, pero -
sostenía Charles Beard- “la zona geográfica que cayó en sus manos no rindió al principio el
precioso tesoro”.
18
En cambio los españoles encontraron una región exuberante en vegetación, metales
preciosos, zonas cultivadas con regadío artificial y abundante mano de obra que explotar. Uno
de los motivos de la rápida y fructosa colonización española fue el grado de adelanto agrícola,
alfarero y minero que habían alcanzado los aborígenes.
Los españoles aprovecharon las bases ecológicas para sus fines colonizantes expoliaron la
naturaleza y la mano de obra indígena. El ecosistema comenzó a deteriorarse aceleradamente
con la instauración de una economía interesada exclusivamente en la exportación de metales
preciosos y, más tarde, de productos agropecuarios y mineros. Los enclaves mineros, como la
fabulosa mina de plata de Potosí, constituyeron centros económicos que aceleraron la tal de
árboles para las fundiciones. Las explotaciones agrícolas de un solo producto, como el cacao, el
trigo, el azúcar, etc., agravaron los desequilibrios ecológicos porque los ecosistemas se hicieron
más vulnerables. Es sabido que la diversidad es una de las principales virtudes que garantizan la
estabilidad de los ecosistemas. Con la monoproducción implantada por los españoles y
Page 6
portugueses los ecosistemas americanos comenzaron a hacerse más frágiles a medida que se
consolidaba la economía de exportación de los colonialistas.
La fauna del Caribe y del Pacífico también fue afectada por la voracidad de los
comerciantes ingleses, holandeses y norteamericanos. En efecto -dice Pedro Cunill-, bordeando
el Cabo de Hornos, en 1788 los barcos arponeros norteamericanos e ingleses iniciaron la
captura de cetáceos frente a las costas chilenas, llegando más tarde hasta la costa peruana (...).
Estimamos que entre 1788 y 1809 más de cinco millones de estos lobos marinos fueron
exterminados.”
19
Las ciudades coloniales más grandes como Bahía, Recife, La Habana, Veracruz,
Portobelo, Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso y El Callao se desarrollaron en función de la
economía de exportación. Estas ciudades cambiaron el paisaje y alteraron, en parte, el ambiente
al constituirse en los primeros ecosistemas no naturales que aparecieron en el espacio
latinoamericano. La sociedad humana comenzó a girar en torno al ecosistema no natural,
haciéndolo cada vez más dependiente de los flujos energéticos externos. Paralelamente se
fueron abandonando y aplastando las formas de convivencia integrativas al ambiente
practicadas durante siglos por las comunidades aborígenes.
Durante la época republicana se acentuó el deterioro ambiental, porque la clase
dominante criolla reforzó la economía de exportación agropecuaria y minera. La división
internacional del trabajo, acelerada por la Revolución Industrial, agudizó el proceso porque en
el reparto mundial impuesto por las grandes potencias a nuestros países, formalmente
independientes, les correspondió desempeñarse sólo como meros abastecedores de materias
primas básicas e importadores de productos industriales.
Así fue reforzado el carácter monoproductor, afectando la diversidad de los ecosistemas.
Se aceleró la devastación de bosques con el fin de habilitar tierras para la economía
agroexportadora y utilizar la madera para las fundiciones de cobre y plata. La propiedad
territorial, concentrada en grandes latifundios, fue dedicada a la crianza masiva de ganado o al
cultivo de determinados cereales y plantaciones, consolidándose un subsistema agrícola de
escasa diversificación.
20
Durante el siglo XIX las empresas azucareras del Caribe arrasaron los bosques,
especialmente de Cuba, mientras la burguesía minera devastó parte de las reservas forestales de
México, Perú, Bolivia y Chile. También fue afectada la fauna terrestre, proceso que se puede
ejemplificar -dice Cunill- con la “chinchilla, pues entre 1895 y 1900 se exportaron más de
1.685.000 pieles de los parajes de Vallenar y Coquimbo (...).A los pocos años estaba
exterminada”.
21
La expoliación de los ecosistemas estuvo en función de las ciudades y puertos por donde
salía y se procesaba la economía agrominera exportadora.
LA CRISIS ECOLOGICA DEL SIGLO XX
El proceso de industrialización por sustitución de importaciones, acelerado en América
latina desde las décadas de 1930 y 1940, fue uno de los principales desencadenantes de la crisis
ecológica más grave de nuestra historia. El desarrollo macrocefálico de las grandes ciudades
generó graves problemas de transporte, vivienda, agua, luz y comunicaciones. La
industrialización y la urbanización masiva provocaron un elevadísimo consumo de energía. Las
nuevas pautas del consumismo aceleraron el gasto energético, prohibiendo la adquisición de los
más variados y superfluos artefactos eléctricos.
La crisis ambiental se ha agravado en las últimas dos décadas a raíz de la instalación de
industrias altamente contaminadas y de reactores nucleares por parte de las transnacionales, que
desplazan dichas industrias desde las metrópolis imperialistas hacia las naciones del Tercer
Mundo con el fin de obtener mejores tasas de ganancia y, al mismo tiempo, acallar en esos
países los movimientos ecológicos de protesta contra la radioactividad. Mediante esta nueva
relocalización industrial a muchas empresas les “resulta ya más fácil y barato trasladarse a los
países en desarrollo que instalar el costoso equipo para controlar la contaminación, que sería
necesario de continuar en sus países de origen”.
22
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Las naciones altamente industrializadas están convirtiendo a nuestros países en depósitos
no sólo de productos tóxicos sólidos sino también en basureros nucleares. Al mismo tiempo ya
se han instalado reactores nucleares en Brasil, México, la Argentina y Venezuela. De este modo,
América latina ha entrado en la era del peligro radiactivo en gran escala, como ya ha sucedido
en Estados Unidos, en Europa occidental y oriental (Chernobyl) en 1987, en Brasil (Goiania)
con la contaminación del isótopo radiactivo cesio 137.
La deforestación continúa a un ritmo galopante en América latina: entre 5 y 10 millones
de hectáreas anuales. Uno de los mayores ecocidios se está cometiendo en la selva amazónica, el
principal abastecedor de oxígeno del mundo. Según el Dr. Kerr, director del Instituto de
Investigaciones de la Amazonía, en los próximos veinte años se habrá extinguido la parte
fundamental de las selva que provee la quinta parte del oxígeno al mundo, el 15 por ciento del
agua dulce y tercera parte de la madera del mundo. Las transnacionales han invadido la selva
amazónica en busca de minerales, madera y nuevas tierras para la explotación ganadera y la
agroindustria, levantando aeropuertos y ciudades artificiales en esta zona que, paradójicamente,
ha comenzado a llamarse “el desierto rojo del Amazona”.
Esta devastación del Amazonas ha modificado el régimen de lluvias, acelerando el
desbordamiento de los ríos tanto en el Brasil como en el Paraguay y la Argentina.
La contaminación del aire es ya crítica, al punto que varias ciudades -como San Pablo-
han sido declaradas en estado de emergencia debido a la nube formada por los miles de
toneladas de gases de monóxido de carbono expedidas por más de un millón de vehículos y
cerca de 100.000 fábricas. En marzo de 1985 los científicos mejicanos declararon que la
contaminación atmosférica de Ciudad De México estaba casi al límite (97,5 por ciento),
pronosticando que para el año 2000 no habrá posibilidades de seguir habitando en esa ciudad.
23
Más preocupante aún es el descubrimiento en la zona austral de un “agujero” en la capa de
ozono que protege a la Tierra de los rayos solares ultravioletas.
La contaminación de las aguas marítimas ha provocado la extinción de muchas especies
y el casi agotamiento de la pesca de camarones, sardina y langosta. Los derrames de
hidrocarburos han sido la principal causa de esta contaminación, tanto en los mares como en los
ríos y lagos. Uno de los reservorios de agua dulce más grande de América latina, el lago
Maracaibo, está totalmente degradado, al igual que los ríos Orinoco y Caroní.
24
Las tierras agrícolas han sufrido un grave deterioro a raíz del desarrollo del capitalismo
agrario en las últimas tres décadas. Casi todos los ecosistemas naturales han sido intervenidos,
convirtiéndose en agrosistemas con una alta mecanización a base de grandes flujos energéticos,
especialmente petroleros. La “revolución verde” debería llamarse “revolución negra” porque se
ha implementado gracias a un oso desmedido de petróleo, aprovechando su bajo precio hasta
principios de la década de 1980. Una trampa biológica de la “revolución verde” y de sus
cereales de alto rendimiento es la reducción en la diversidad genética de los cultivos: los
llamados híbridos, es decir, nuevas plantas obtenidas mediante la cruza de especies, tienen
elevados rendimientos, aunque con una base genética estrecha. Los cultivos son más
susceptibles a las plagas debido a la uniformidad biológica y a que grandes extensiones de
terrenos están sembradas del mismo producto, especialmente aquellos destinados a las empresas
agroindustriales.
El uso de plaguicidas a destajo ha provocado no sólo desequilibrios ecológicos en el
campo sino también graves repercusiones en la salud de la población, sobre todo por el uso del
DDT. Este crimen de las transnacionales que venden el DDT es consciente, porque dicho
producto está prohibido en Estados Unidos y Europa. Un testimonio campesino, titulado “¿Y
cómo no tener cólera?”, decía en Ecuador: “Oímos lo que dicen señores instituciones, pura
universidad, puro ingenieros y siguiendo a ellos compramos abonos y gastamos tanta plata. Y
en este tiempo el abono nos viene más flojo, caído las fórmulas. Un año se pone abono y sale
bueno. Otro año, con el mismo abono se pierde. Y más está pasando. Están tinturando la arena y
vendiéndonos como furadan. Y en el DDT le ponen harina flor”.
25
La sobreutilización de los suelos, el sobrepastoreo y la devastación de los bosques ha
acelerado la erosión a casi el doble en los últimos treinta años, con lo cual ha aumentado la
sedimentación de los ríos; disminuye así el potencial de riego.
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LAS CORRIENTES ECOLOGICAS
La crisis ambiental contemporánea ha dado lugar a la formación de nuevas corrientes de
pensamiento que hacen -en general- ideología, es decir, inversión de la realidad al servicio de
una determinada clase o fracción de clase.
Algunos teóricos burgueses han intentado presentar una visión apocalíptica de la crisis
ecológica. Esta posición catastrófica, estimulada por el libro Los límites del crecimiento de
Meadows y el informa del Club de Roma (1972) cae en el idealismo objetivo. La crisis
ambiental es gravísima, pero uno se pregunta qué se esconde detrás de este “terrorismo
ecológico”. Quizá el interés de obligar a un mayor sacrificio a los países dependientes, a
controlar la natalidad hasta métodos de esterilidad forzada, exagerando el llamado crecimiento
exponencial de la población que conduciría a la imposibilidad de alimentar tantas bocas en un
mundo en que ha bajado proporcionalmente la producción agropecuaria.
Tomando en cuenta sólo un criterio economicista, se ha llegado a plantear el “crecimiento
cero” y a manifestar la imposibilidad de que la sociedad socialista alcance la plenitud material.
Mandel ha señalado que “la referencia a la ‘inalcanzabilidad’ de la plenitud como último
argumento contra el socialismo-comunismo -¡bien conocida ya en el siglo XIX!- ha sido
reavivada por los discípulos de ‘la escuela del crecimiento cero’ y por los ecológistas que
argumentan que, con una población mundial hipotética de 10.000 millones de personas, la
abundancia de bienes materiales sería físicamente imposible o bien provocaría una catástrofe en
el ambiente”.
26
A nuestro modo de entender, el concepto de plenitud va más allá de la abundancia
material y del consumismo, tiene directa relación con la salud, la cultura y la libertad integral en
una sociedad sin clases y sin Estado opresor.
Los teóricos del “terrorismo ecológico” quieren hacer creer que toda la población es
responsable de la contaminación. Por eso financian campañas publicitarias: para que la gente
compre productos destinados a evitar aspectos superficiales de la contaminación, ocultando la
verdadera raíz de la crisis ambiental. Se da así la paradoja de que los responsables de la
comunicación aumentan se tasa de ganancia vendiendo artículos descontaminantes. Se
instrumentan campañas para poner de manifiesto que “todo el mundo contamina, el verdadero
culpable es usted, soy yo, es la empleada doméstica, más que la fábrica. Ciertamente, todos
somos responsables, poco o mucho, pero ¿quién nos ha vendido el detergente no biodegradable,
el pesticida, la bencina, el envoltorio plástico?”.
27
Contaminar para descontaminar y
descontaminar para contaminar se está transformando en un nuevo negocio para los capitalistas.
También existe un cierto “ecologismo” demagógico de los ideólogos burgueses, que
pretende arrebatar ciertas banderas al auténtico movimiento ecologista, parloteando acerca de la
contaminación y del conservacionismo.
No obstante su carácter reformista, el movimiento conservacionista fue el primero en
formar conciencia relativa acerca del desastre ecológico. Sin embargo, algunos sectores sólo
ponen acento en el valor económico de los recursos naturales.
Por otra parte, se ha desarrollado una importante corriente de pensamiento que hace una
despiadada crítica al hombre como depredador sempiterno de la naturaleza. Sus aportes son
relevantes para la comprensión del comportamiento del hombre en relación a la naturaleza,
como estimamos que se deberían tomar en cuenta las diversas fases del proceso histórico de la
sociedad humana, porque no es igual la actitud ante la naturaleza del aborigen de la sociedad sin
clases que la del ejecutivo de una transnacional.
Por consiguiente, es necesario considerar las responsabilidades de las clases dominantes,
a través de la historia, en la depredación de la naturaleza, señalando claramente que el sistema
capitalista, desde la primera Revolución Industrial, ha provocado los desastres ecológicos más
significativos, y que solamente el hombre podrá superar la crisis ambiental en un nuevo tipo de
sociedad.
Es correcto afirmar que la mayoría de las sociedades humanas han deteriorado el
ambiente; pero para no diluir lo concreto en lo abstracto, hablando en general del hombre,
habría que señalar taxativamente que el incremento del flujo de energía está en relación directa
Page 9
con el proceso de acumulación capitalista mundial. El aumento de la composición orgánica del
capital, en favor del capital constante, ha determinado un consumo de energía jamás registrado
en la historia para hacer funcionar la moderna maquinaria. La internacionalización del capital ha
acelerado el flujo de energía también en los continentes asiático, africano y latinoamericano,
agotando los recursos renovables, artificializando los ecosistemas, devastando bosques y
contaminando el ambiente con las fábricas levantadas en las macrocefálicas urbes.
Otros caen en un dogmatismo energético, sin considerar qué clases sociales tienen el
control de la energía, de sus usos y abusos, y cómo los flujos energéticos están mediados por las
relaciones de poder.
Como reacción ante el deterioro ambiental provocado por la sociedad industrial urbana se
ha desarrollado una corriente premunida de una concepción metafísica de la naturaleza, que
postula la vuelta a la sociedad agraria, posición idealista que se desliza hacia un naturalismo
ingenuo sin destino. Es un hecho objetivo que la naturaleza no es la misma del pasado y que ha
sido profundamente transformada por la sociedad, en especial capitalista, mediante la inversión
de casi todos los ecosistemas naturales.
En América latina todavía no hay fuertes movimientos ecológicos de protesta como en
Europa. Sin embargo, en los lugares donde han comenzado a estructurarse, como Brasil, México
y Venezuela, contribuyen en forma significativa a la creación de una conciencia ambiental y a
poner de manifiesto las lacras del sistema capitalista. Estos movimientos son potencialmente
revolucionarios porque cuestionan no sólo el sistema de producción sino también la vida
cotidiana generada por la sociedad industrial. Al decir de Michel Bosquet, “la lógica de la
ecología es la negociación pura y simple de la lógica capitalista”.
28
Otros autores plantean que la ecología ha superado la teoría de la lucha de clases,
pareciendo no advertir que la crisis ambiental acelerada por el sistema capitalista sólo será
superada a través del proceso de la lucha de clases, del enfrentamiento entre la clase explotada y
la explotadora, principal responsable del grave deterioro ambiental.
Es más urgente que nunca dar respuesta teórica, programática y política a la crisis
ambiental partiendo de una clara concepción acerca de la totalidad constituida por la naturaleza
y la sociedad humana. En definitiva, en torno a esta cuestión clave -que sólo será resuelta en el
terreno de la lucha de clases- se está jugando la supervivencia de la humanidad. El dilema
“socialismo o barbarie” planteado por Rosa Luxemburgo está más vigente que nunca.
Es innegable que los marxistas han descuidado el estudio del ambiente y han sido
sorprendidos -al igual que otros- por la gravedad de la crisis ecológica. Muchos han
reaccionado a la defensiva, negando la trascendencia de esta crisis o denunciando a los grupos
ecologistas como movimientos diversionistas que distraen la atención de las tareas de la lucha
de clases, como si la crisis ambiental provocada por la burguesía estuviera al margen de la lucha
de clases.
Uno se pregunta si esta falta de respuesta de los PC y de los grupos pro chinos a la
problemática ambiental y su negativa a respaldar los movimientos ecologistas se debe a que en
la URSS, los países del este de Europa y China existen similares problemas ambientales
desencadenados por la puesta en marcha de plantas de energía nuclear y otras altamente
contaminantes. En la URSS no se ha inventado todavía una tecnología distinta de la del
capitalismo, que no altere el funcionamiento sano de los ecosistemas, falencia que se puso de
manifiesto en el reciente desastre de Chernobyl.
Francisco Mieres -uno de los principales ambientalistas de Venezuela- ha señalado que
los países del llamado “socialismo real” se han visto “subyugados por los mágicos sortilegios
del industrialismo y, lo que es más grave, que ello se ha convertido en uno de los obstáculos
más duros para su avance y para el despliegue de un movimiento socialista genuino y pleno (...).
Hubo que desencadenar (en la URSS), con apoyo en la colectivización forzosa y con métodos
extremadamente centralizadores, una verdadera revolución industrial desfasada y condensada
(...). Se dan
consecuencias similares a las que provoca la industria capitalista sobre el
ambiente, con las secuelas de contaminación y agotamiento precipitado de recursos no
renovables, así como modernización mecánica de la agricultura, con agravio a menudo del
potencial reproductivo del suelo y aguas y con notorias dificultades para asegurar el
abastecimiento alimenticio esencial. La creencia en la neutralidad social y ambiental de la
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técnica así como en su omnipotencia frente a cualquier problema, ha conducido frecuentemente
a copiar o adoptar procedimientos y equipos foráneos, sin reparar en sus secuelas humanas
ambientales, las que a menudo sólo se revelan contraproducentes a largo plazo, cuando el daño
está hecho, a veces a manera irreversible (...). Este cuadro sociopolíticoambiental difícilmente
puede constituir el óptimo para un socialista. Sólo se puede aceptar y comprender como
prehistoria del socialismo, como fase de transición que necesariamente debe ser superada
substancialmente para asistir al advenimiento del socialismo pleno y genuino”.
29
Luego de haber alentado un modelo de desarrollo basado en la industrialización por
sustitución de importaciones, la CEPAL, reconoce que no advirtió a tiempo el deterioro
ambiental que iba a provocar el crecimiento urbano industrial. En lugar de hacerse una
autocrítica de su proyecto desarrollista, uno de los teóricos, Aníbal Pinto, ha confesado en 1979:
“para un economista de mi generación, como para muchos que están en los escalones siguientes,
resulta inverosímil que durante tanto tiempo haya pasado desapercibido, sin introducirse ni
siquiera tangencialmente en nuestras discusiones, esta relación vital entre el hombre-medio o
sociedad-entorno físico (...). Absorbidos algunos economistas por las relaciones entre clases e
individuos, y otros por el fetichismo mercantil. Habían dejado de lado ‘el pequeño detalle’,
como habría dicho un contexto finito y en persistente agotamiento o deterioro”.
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Sin embargo, este barniz ambientalista no llega al fondo del problema. Sólo se hace para
proyectar un desarrollismo que considera el “medio ambiente” y la “variable” o dimensión
ambiental, con la finalidad de que el desarrollo provoque el mínimo impacto ecológico.
Antes que nada, es necesario aclarar que el ambiente no es “medio”, sino la totalidad
constituida por la naturaleza y la sociedad humana. Por eso, es un error hablar de medio
ambiente; la palabra “medio” debe utilizarse en relación a medio natural, medio geográfico,
etcétera. Es también incorrecto emplear el término “variable ambiental” porque el ambiente no
es ninguna variable sino el todo. El ambiente no es una variable del desarrollo económico sino a
la inversa. No se trata de incorporar esta nueva “variable” al análisis económico, sino de enfocar
globalmente el ambiente en el cual está incluida la sociedad humana y sus diversas
manifestaciones sociales, económicas, etcétera.
Cuando los teóricos de la CEPAL se refieren a la necesidad de incorporar la dimensión
ambiental, quieren expresar que toda planificación económica debe contemplar la “variable”
ambiental. En rigor, debería partirse de la planificación ambiental y dentro de ella considerar la
variable económica. Pero la CEPAL no plantea el problema de esta manera porque le interesa
fundamentalmente el “crecimiento sin deterioro” o lo que otros organismos internacionales han
denominado “el desarrollo con el mínimo daño permisible”, modelo de por sí falso, ya que es el
actual tipo de desarrollo capitalista el que precisamente ha conducido a la crisis ambiental más
grave de la historia.
Los teóricos de la CEPAL están ahora preocupados porque ha entrado en crisis el modelo
de desarrollo que se fundamentaba en la seguridad de un crecimiento exponencial, sin advertir
que los recursos naturales eran limitados y, en gran parte, no renovables. Está en crisis el tipo de
crecimiento urbano-industrial y la confianza en que la tecnología y la ciencia podrían resolver
todos los problemas, inclusive el deterioro ecológico.
Ahora la CEPAL sugiere que América latina dependa menos del petróleo, desarrolle
tecnologías que permitan un mayor uso de mano de obra, estimule un mayor reciclaje de los
desechos, administre los recursos naturales, instituya formas administrativas más
descentralizadas a través del apoyo a las comunidades locales, detenga el consumismo y la
expansión de las ciudades.
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Estas medidas no podrán ser implementadas por el régimen burgués latinoamericano,
porque si los países altamente industrializados no han encontrado sustitutos del petróleo, menos
lo podrá hacer el capitalismo dependiente. Menos chance aún habrá para impulsar actividades
económicas rentables que aumenten la tasa de empleo, ya que la tendencia de la burguesía
criolla, asociada al capital transnacional, es introducir una alta tecnología que absorbe cada día
menos trabajadores. Por otra parte, es utópico pedirle a la burguesía que administre los recursos
naturales, tomando en cuenta la dinámica propia de los ecosistemas. Y si no que le pregunten a
cómo han funcionado estos consejos áulicos a los habitantes de la Amazonía. Y más ilusorio
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aún es sugerirle a la burguesía que apoye a las comunidades locales y que detenga el
consumismo y la expansión de las ciudades.
Los afanes de los ideólogos de la CEPAL están dirigidos hacia el llamado “crecimiento
sin deterioro ambiental”. El aumento de la producción -dice Osvaldo Sunkel- “ha menoscabado
con frecuencia la conservación de la naturaleza y tendido a crear en muchos casos una grave
situación ecológica. Podría parecer, en consecuencia, que la incorporación de la dimensión
ambiental tiende invariablemente a restringir las tareas de la producción, lo que implicaría
renunciar a elevar la productividad del trabajo y a congelar el crecimiento. Nada más erróneo
que poner ambas posiciones en los platillos de una balanza. Es ineludible, además, que ésta se
inclinará inexorablemente hacia un lado de la producción. Lo que realmente interesa en la
incorporación de la dimensión ambiental en el desarrollo son poder plantear, en forma creadora,
opciones de producción que cumplan con la función de mantener los ecosistemas y, por ende,
las condiciones ambientales”.
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Como puede apreciarse, se trata de conciliar lo inconciliable: desarrollo capitalista sin
deterioro ambiental. No obstante, Sunkel insiste: “Se procurará explotar las interrelaciones entre
desarrollo y medio ambiente, al menos en aquellos aspectos que resultan más relevantes desde el
punto de vista de la problemática del desarrollo”. Es evidente, entonces, que todo se reduce a
incorporar la “variable ambiental” en función de la tesis desarrollista.
Estos ideólogos plantean un estudio más acabado de los sistemas para determinar la
“oferta ecológica” potencial. Cabe preguntarse ¿quién cuantifica la “oferta ecológica” y quién
se la apropia?. Paralelamente, sugieren incorporar a las “cuentas nacionales” los recursos
naturales para registrar el monto del deterioro. ¿Acaso las cuentas nacionales no son
controladas por la misma clase social que provoca el deterioro? La aspiración de incorporar los
recursos naturales a las cuentas nacionales demuestra que lo único que realmente interesa a los
desarrollistas es cuantificar los recursos naturales para garantizar, con el “mínimo deterioro
ambiental”, una mayor explotación por parte del sistema capitalista.
En el trabajo de Sunkel se plantea también la fijación de estándares medioambientales (?)
que sirvan para determinar los niveles de contaminación “aceptables” y “la fijación de
prioridades por costo efectividad que sirva para seleccionar proyectos que solucionen el
problema de acumulación de estos niveles ‘aceptables’ de daño medioambiental”. Una vez más,
cabe preguntarse: ¿qué clase social fija estos niveles de contaminación “aceptables”?
Las sugerencias para un “crecimiento sin deterioro” se hacen en un momento en que es
irreversible la tendencia de las transnacionales a desarrollar en América latina industrias
altamente contaminantes no toleradas por los países metropolitanos y a implementar, en
asociación con el capital criollo y estatal, industrias de alto consumo energético. El nuevo
modelo de acumulación, basado en el crecimiento de las nuevas industrias de exportación no
tradicionales en América latina, va precisamente contra toda ilusión de un desarrollo sin
deterioro ambiental. El aumento de la inversión extranjera, de 18 a 38 mil millones de dólares
entre 1967 y 1975 en América latina, según cifras de la propia CEPAL, se ha dado precisamente
en las industrias que mayor impacto ambiental provocan. A las transnacionales que han
aumentado la inversión en bienes de consumo duradero, de 36,2 por ciento a 63,8 por ciento del
total entre 1950 y 1974, ¿se les puede pedir un crecimiento con el “mínimo daño permisible”?
Las burguesías criollas de América latina, asociadas al capital monopólico internacional,
seguirán ahondando la crisis ambiental. La lógica capitalista conduce a una maximización de la
ganancia cuya finalidad no es precisamente salvaguardar nuestros ecosistemas. La burguesía
podrá tomar medidas paliativas en relación a la contaminación y a ciertos recursos no
renovables, pero no está dispuesta a preservar el ambiente a costa de su tasa de beneficios y de
sus posibilidades de expansión.
Bajo las condiciones de explotación de los regímenes clasistas, en especial del
capitalismo con la avidez creciente por el mayor lucro, el deterioro ecológico está hipotecando
el porvenir de la especie humana; el mantenimiento ya irracional del sistema origina un riesgo
cierto para la mera sobrevivencia biológica del hombre en el planeta.